Hay alegrías que son malas. Muy malas. ¿Acaso estaría bien alegrarse de que un compañero de clase —que no me cae especialmente bien— se haya equivocado en el examen? ¿O alegrarse porque el proyecto de un “amigo” fracasó? ¿O alegrarse por la muerte de alguien?

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Alegrarse cuando al prójimo le va mal o entristecerse cuando le va bien: en esto consiste la envidia. Y, aunque pueda parecer increíble, entre los apóstoles de Jesús existían envidias. El Evangelio nos deja constancia varias veces de que ellos discutían entre sí quién era el más importante. Y si alguno se atrevía a decir que era él mismo, los demás lo miraban con recelo: ¿Y este quién se ha creído?

Le sucedió a los hermanos Santiago y Juan. Ellos le suplicaron al Señor sentarse a su lado cuando estuviera en la gloria. Jesús no les aseguró nada, salvo que compartirían su suerte en el sufrimiento. Aún así, los otros apóstoles se indignaron contra los dos hermanos (Marcos 10, 41). Entonces, el Maestro también los corrigió, porque su indignación nacía de la envidia y el recelo.

El antídoto contra la envidia es el servicio

Como le pasó a los apóstoles también nos puede ocurrir a nosotros. En la familia nos puede dominar la envidia hacia los hermanos; en el estudio, hacia los compañeros; en el trabajo, hacia algún colega; en las relaciones sociales, hacia algún amigo; en la Iglesia, hacia otra comunidad… A veces por la percepción —quizá errónea— de que el otro es más apreciado, estimado, valorado o tenido en cuenta. O porque hace las cosas mejor que uno. O, simplemente, porque las hace de manera diferente.

Jesús dio a sus discípulos el antídoto contra la envidia —¡pecado capital!— y también nos lo da a nosotros: «Quien quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor; y quien entre ustedes quiera ser el primero que sea esclavo de todos» (Marcos 10, 43). El servicio abnegado a los demás mata de raíz la pretensión de querer estar por encima de los demás.

El que sirve —a diferencia del envidioso— se alegra del bien de los demás y se entristece de su mal. El servicio nos libra de las malas alegrías. Al contrario, nos llena de la felicidad auténtica. Jesús nos lo prometió: si servimos de verdad seremos dichosísimos (Juan 13, 14-17).

Texto bíblico base

Marcos 10, 35-45

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Génesis 4, 3-16

1 Samuel 18, 6-16

Salmo 73 (72)

Proverbios 23, 17-18

Nuevo Testamento

Filipenses 2, 3-4

1 Pedro 2, 1-3

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Siento envidia hacia alguien? ¿Por qué?
  2. ¿Me alegro sinceramente cuando a otros les va bien?
  3. ¿En qué ámbitos de mi vida puedo ser más servicial?

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