Salvación

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«Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores…» (1 Timoteo 1, 15). ¡Con qué seguridad le indica San Pablo a Timoteo cuál fue la misión de Jesucristo! No es un invento de San Pablo; el Señor lo afirma explícitamente: «No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar el mundo» (Juan 12, 47).

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Discípulos

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Uno de los títulos con que los cristianos nos referimos a Jesucristo es el de «Maestro». Ya desde las páginas del Evangelio encontramos a personas que lo llamaban así: «Rabbí, Maestro mío». No era algo extraño; en Israel había varios «maestros», cuyos seguidores recibían un nombre no menos familiar para nosotros: discípulos.

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La puerta estrecha

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El mensaje del Evangelio es para todos. Jesús no envía a los apóstoles a un grupo selecto de personas, sino que los manda evangelizar el mundo entero: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio» (Marcos 16, 15). En efecto, Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2, 4).

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Buen ánimo

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Una de las invitaciones más repetidas por Jesús a sus discípulos es la de estar en vela: «Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame».

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Pobreza de espíritu

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Dos hermanos disputan por una herencia. Uno de ellos le pide a Jesús que intervenga en el asunto: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Jesús, sin embargo, se rehusa a hacerlo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». El Maestro, más bien, aprovecha para enseñar sobre la pobreza espiritual: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

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