Sígueme

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Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén Jesús, aún cuando era consciente de las implicaciones de su misión, no huyó de ella. Se dirige con firme determinación hacia Jerusalén, donde tendrá lugar su Pasión, Muerte y Resurrección.

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Testigos

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Justo antes de subir al cielo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto…».

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Amigos

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Durante la última cena, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió…».

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Mi gloria es el amor

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Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará…». Si algo movió a Jesús a lo largo de su vida terrena, eso fue buscar la gloria de su Padre. Al mismo tiempo, Dios Padre siempre tuvo y siempre ha tenido la firme voluntad de glorificar a Jesús. Nos sumergimos en el misterio de la mutua glorificación entre el Padre y el Hijo.

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Un nuevo horizonte

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Pensar que la fe en Jesucristo Resucitado nos aleja de las realidades corrientes es un disparate. El hecho de que Jesús nos haya abierto las puertas para acceder a la vida eterna no significa, en modo alguno, que la vida presente pierda su sentido. Los primeros discípulos, después de dos encuentros con Jesús Resucitado, no encontraron problema en irse de pesca: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo».A ninguno se le ocurrió comentar: «Pedro, ¿para qué te vas a pescar? ¡Jesús ha resucitado! ¿Qué importa lo demás?».

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¿Videntes o creyentes?

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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor… Hasta entonces, los discípulos no habían creído en lo que le habían dicho las mujeres: que Jesús había resucitado. Pero ahora, después de verlo, no podían dudar; allí estaban los signos inequívocos de que era Él: las manos agujereadas y el costado abierto por la lanza.

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«Traje de amadores»

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El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado… Apenas se lo permite la Ley, aquellas mujeres van al sepulcro de Jesús, impulsadas por el profundo amor que tenían a su Maestro. Se sienten desamparadas. Su Amigo les ha sido arrebatado en un abrir y cerrar de ojos.

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En las manos del Padre

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Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda... Vemos a Jesús, el Hijo de Dios, crucificado entre malechores, como si fuera un malechor más… ¡Con qué fuerza lo expresa San Pablo!: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Filipenses 2, 6-8).

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