Patético: esta palabra podría describir el comportamiento de los apóstoles —y, para qué nos vamos a engañar, el nuestro también— en algunas ocasiones. Jesús les anuncia por segunda vez que lo van a matar y vemos a los discípulos, poco después, discutiendo sobre quién de ellos es el más importante (Marcos 9, 31-34). ¡Qué vergonzosa necedad! La misma que se puede hallar, por ejemplo, en una persona a la que dicen que su padre va a morir y lo primero en lo que piensa es en la herencia…

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Quizá nosotros no lleguemos a ese extremo (o quizá sí), pero, en cambio, podemos reconocer en nuestro interior la misma tentación que asaltaba a los discípulos: el afán de gloria; de aparecer ante los demás como el mejor; de espectacularidad, fama y reconocimiento. En dos palabras: soberbia y vanidad. Son estas las que nos dificultan comprender —como a los apóstoles— que Jesús nos salva sobre todo a través de la Cruz y no por medio de acciones asombrosas o palabras persuasivas.

Durante su vida, Jesús siempre inculcó y practicó la humildad. Los apóstoles lo sabían; por eso cuando el Señor les preguntó sobre qué discutían ellos callaron, porque sentían vergüenza de reconocer que peleaban entre sí para determinar quién era el más importante. Jesús les enseñó entonces con paciencia: «Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos» (Marcos 9, 35). ¡Preferir el último lugar y servir! Estos son los deseos de un auténtico discípulo de Cristo.

El último lugar y el servicio son la preferencia para un auténtico discípulo de Jesús

En nuestra vida cotidiana encontramos mil y una oportunidades para servir sin exhibicionismo: cerrar una puerta que dejaron abierta; lavar unos platos sucios; ordenar lo que encontramos desordenado; ofrecer una silla en el bus; escuchar a los demás con paciencia… Esta es nuestra cruz de cada día: la ocasión perfecta para vivir un amor generoso y sacrificado por los demás.

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Para darles ejemplo de humildad a los apóstoles, Jesús «tomó un niño, lo puso en medio de ellos y lo abrazó» (Marcos 9, 36). Si nos fijamos bien, un abrazo une a dos personas: expresa la unidad que existe entre ellas. Jesús se hace una sola cosa con los niños, con los pequeños, con los necesitados: Jesús los abraza, se identifica con ellos, está muy unido a ellos. Jesús abraza también la Cruz: a Él lo encontramos en la Cruz.

Entonces, ¿quién es el más importante? El que ama sirviendo, el que abraza a Cristo en la Cruz y lo abraza también en sus hermanos más pequeños y humildes.

Texto bíblico base

Marcos 9, 30-37

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Proverbios 11, 2

Eclesiástico 3, 19-21

Miqueas 6, 8

Nuevo Testamento

Mateo 20, 26-28

Lucas 14, 7-11

Gálatas 5, 13-14

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿En qué ocasiones de mi vida diaria puedo vivir más y mejor el servicio?
  2. ¿Reconozco mi fragilidad, miseria y pecado? ¿O me dejo llevar por la soberbia?
  3. ¿Le pido a Jesús que me regale un corazón manso y humilde como el Suyo?

Un comentario en “Jesús, ¿a quién quieres que abrace?

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