¿Por qué hablas en parábolas?

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Desde la barca, Jesús se dirigía a la multitud que lo escuchaba a orillas del Mar de Galilea. El Maestro observaba con atención el rostro de los oyentes. Una mujer, con los ojos bien abiertos, asentía a cada una de sus frases, mientras que, al lado, su marido bostezaba sin disimulo. Una chica, irritada, tenía el ceño fruncido; su hermana, en cambio, miraba perdida hacia el horizonte. Un joven enamoradizo no quitaba la vista de las dos hermanas; un amigo suyo atendía concentrado el discurso del Señor.   

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Podemos

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La madre de Juan sollozaba. «Juan, hijo mío, mira lo que le han hecho al Maestro. ¿Podremos soportar este dolor?… Él acaba de suplicar al Padre que perdone a sus verdugos, pero, ¿podremos nosotros perdonarlos?». Leer Más

Gracias

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Los diez leprosos se encontraban a las afueras de Engannim, una población situada en la frontera entre Samaría y Galilea. De los diez, nueve eran judíos y uno samaritano. Lo normal hubiera sido que este último no estuviera con los otros nueve: tanta era la antipatía que existía entre judíos y samaritanos. Sin embargo, la experiencia común de la enfermedad y de la exclusión los unía y podía más que cualquier resentimiento de raza. Leer Más

Diálogo de amor

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Jesús se despidió de Marta y María con un abrazo a cada una. Cuando llegó donde Lázaro se lo quedó mirando por unos segundos; sonrió y le dio un abrazo más fuerte y prolongado que a sus hermanas: «Cuídate, Lázaro. Sé fuerte y vela por María y por Marta». Meses más tarde, Jesús volvería a Betania para resucitar a su amigo.

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Maestro de misericordia

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Aquella noche Jesús pasó orando en el Monte de los Olivos. Poco antes de que saliera el sol, fue adonde se hospedaba, se aseó y desayunó un poco. Enseguida se dirigió al Templo: poco a poco, la gente se amontonó a su alrededor para escuchar sus enseñanzas. Jesús, sentado, hablaba con tanto entusiasmo que nadie sospechaba que no había dormido. Precisamente la fuerza y el atractivo de su discurso provenía de ese diálogo prolongado con su Padre la noche anterior. Leer Más

La gloria que nos espera

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Los discípulos recogían las sobras. Jesús había multiplicado los panes y los peces para más de cinco mil personas y no quería que nada se desperdiciara. Él mismo, después de despedir a la multitud saciada, ayudó a recoger. Estaban cansados, ya era de noche, pero el Maestro se retiró para orar a solas. Los discípulos lo contemplaban. De repente, Jesús se dirigió a ellos y les dijo: «¿Quién dice la gente que soy yo?».

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