María y José entran en el Templo de Jerusalén. Él trae en la mano derecha una jaulita con un par de tórtolas dentro; Ella lleva al Niño Jesús en brazos. De acuerdo con lo establecido por la Ley, vienen a presentar y a consagrar a su hijo al Señor.

Las dos Trinidades, Bartolomé Esteban Murillo, 1680 (National Gallery, Londres)

Dios Padre se conmueve ante la escena. Su Hijo amado, hecho hombre, se deja conducir dócilmente por esas dos criaturas, María y José, cuya excelsitud reside precisamente en su obediencia y humildad. Sabiendo que tienen al Hijo de Dios con ellos, no se creen con el derecho de saltarse la Ley; todo lo contrario, la van a cumplir ofreciendo dos tortolitas, ¡la ofrenda de los pobres!

Ante tanta sencillez que pasa desapercibida para el común de los mortales, el Espíritu Santo —enviado por el Padre— mueve el corazón de un hombre piadoso y justo, llamado Simeón, para que sea él quien ponga voz a las bendiciones que el Padre pronuncia sobre Jesús, María y José. Simeón, entonces, reconoce en el Niño al Salvador, que será luz para las naciones y gloria del pueblo elegido. María y José se admiran ante sus palabras.

Pero las bendiciones divinas tendrán forma de cruz: «Será como un signo de contradicción y a ti misma una espada te traspasará el alma». María —y también José— no cesa en su admiración, pero a la vez María —y también José— siente que se ha abierto una herida en su interior. El Niño Jesús une las vidas de María y José en la alegría y en el dolor. Las palabras de Ana, la anciana profetisa, llegan como un bálsamo: son palabras de alabanza al Padre y de bendición al Niño.

Al terminar con lo prescrito por la Ley, María y José se marchan con el Niño Jesús a Nazaret. Ellos llevan al chiquitín en brazos, pero saben que más que ellos guiarlo a Él, Él los guía a ellos. El Hijo, a la vez, deja que el Padre indique el camino y se goza en su Espíritu de Amor. Así, el Hijo de Dios hecho hombre van creciendo y robusteciéndose, viviendo feliz en las dos trinidades: la Trinidad eterna y celestial, y la trinidad de la tierra, la Sagrada Familia de Nazaret.

Entre los bienes que el Señor ha querido darme está la devoción a la Trinidad Beatísima: la Trinidad del Cielo, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, único Dios; y la trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Comprendo bien la unidad y el cariño de esta Sagrada Familia. Eran tres corazones, pero un solo amor.

No separéis a José de Jesús y de María, porque el Señor los unió de forma maravillosa (…). Invocad en vuestro corazón, con un trato constante, a esa trinidad de la tierra, a Jesús, María y José, para que estemos cerca de los tres.

San Josemaría Escrivá

Texto del evangelio

Lucas 2, 22-40 (leer)

Lecturas de la Misa de la Sagrada Familia

Primera lectura: Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 (leer).

Salmo 128 (127), 1-5 (leer).

Segunda lectura: Colosenses 3, 12-21 (leer)

Otras citas bíblicas para meditar

Mateo 2, 13-23 (leer).

Hebreos 11, 8-19 (leer).

1 Corintios 1, 10 (leer).

Preguntas para orar

  1. ¿Busco en la Santísima Trinidad la guía y modelo para mi familia?

2. ¿Amo a mis familiares como se amarían Jesús, José y María entre sí?

3. ¿Me doy cuenta de que tengo una gran familia sobrenatural: la Iglesia? ¿Cómo trato a mis hermanos en la fe?

Un comentario en “La trinidad de la tierra

  1. Gracias Doy a Dios por mi familia y la familia de mi esposo y todas las familias del mundo. Pero sobre todo por regalarme a lafamilia de Nazareth como ejemplo a seguir.

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