Frutos

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El sumo sacerdote y los ancianos del pueblo ardían de ira. No podían permitir que Jesús dijera de ellos que de boca para afuera se jactaban de ser muy creyentes y de pertenecer al pueblo elegido, pero que su corazón y sus obras estaban lejos de Dios. ¿Quién se creía aquel hombre para juzgarlos?

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Arrepiéntete

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Los dos hombres caminaban por el atrio del Templo. Uno era el sumo sacerdote; el otro, uno de los venerables ancianos del pueblo judío. Mientras andaban, se dieron cuenta de que un grupito de personas se había reunido en torno a Jesús, que les enseñaba. En voz alta para que le oyeran, el sumo sacerdote comentó con sorna a su compañero: «¿Te das cuenta? En torno al maestro galileo solo se reúnen publicanos y pecadores». El anciano soltó una carcajada.

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¿Envidia?

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Jesús escuchaba desde lejos la discusión que tenían los discípulos entre sí. Ellos ni siquiera se habían dado cuenta de la presencia del Maestro. «Cuando Jesús instaure el Reino, yo ocuparé el primer lugar», decía uno, «porque yo fui el primero en seguirlo». «Sí, pero yo he trabajado más que tú», replicaba otro.

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Entrando en el corazón de Dios

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Por las palabras de san Pablo (Rm 13, 8-10) y del Señor (Mt 22, 40) sabemos que el resumen de la Ley de Dios se encuentra en el doble mandamiento de la caridad: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esta es la cumbre de la vida según el Evangelio y el camino de la Bienaventuranza. Pero tal meta, vivida en perfección, supera las fuerzas del hombre; sólo es posible de alcanzar como fruto de un don de Dios, quien nunca cesa de sanar, curar y transformar el corazón por medio de la gracia.

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