Un yugo suave

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Los discípulos se habían dado cuenta: Jesús prefería los lugares solitarios para rezar. En varias ocasiones se había escapado a la montaña él solo —a veces con dos o máximo tres— para pasar largas horas en diálogo con Dios. Lo llamaba Abbá, Padre.

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Misión cumplida

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El apóstol Santiago, de rodillas y con todo el cuerpo maltrecho, escuchó a su verdugo desenvainar la espada. El corazón se le aceleró. El rey Herodes Agripa, que lo había mandado apresar, observaba al apóstol con desprecio. De improviso, Agripa soltó una carcajada malévola y dio la orden al verdugo: «¡Mátalo!»

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Una buena noticia

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Mateo y Tomás entraron en la aldea. Las risotadas de cuatro hombres, sentados al frente del portal de una casa, se robaron su atención. Mateó se rascó la mejilla: ¿sería buena idea dirigirse a ellos? ¿Los escucharían? «Vamos —dijo Tomás con decisión—. Jesús nos ha mandado a anunciar su Palabra a todos».

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El misterio de nuestra fe

Cuánto más debería admirarnos el misterio de un Dios eterno, soberano y trascendente, que se acerca a nosotros para adentrarnos en su vida de conocimiento y amor. Él no es ni una energía impersonal ni una fuerza anónima del universo. El omnipotente y eterno, que ha creado todo lo que existe, se ha hecho inefablemente cercano. Esto es lo insondable de la Eucaristía.
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Cristo, revelador del Padre

A través de los ojos de Jesucristo, el Unigénito del Padre, nos adentramos en las profundidades de Dios. Sus palabras nos llevan a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad. Consideremos tres ideas: el Hijo ha sido enviado; es la luz de los hombres; y en Él nos es concedida la vida eterna. Leer Más

La vida íntima de Dios

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La conversación entre Jesús y Nicodemo se había prolongado hasta más de la medianoche. La brisa nocturna acariciaba los rostros de los interlocutores, iluminados por la luna y por una vieja lámpara de aceite. Desde hacía tiempo, Nicodemo deseaba tener aquella entrevista con Jesús, porque lo consideraba un gran maestro. Leer Más

La misión

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«Ánimo, muchachos, ya falta poco». Pedro aplaudía para alentar a sus diez compañeros. El camino cuesta arriba se hacía pesado en algunos tramos y a varios les faltaba el aire. Por fin, llegaron a la cima del monte, pero, en contra de lo que esperaban, no había nadie. Allí no estaba Jesús. Leer Más