Si te encuentras con Jesús y notas que Él te mira con amor, lo más lógico sería que salieras de su presencia con alegría. ¿A quién no le alegra ser amado y, además, por Dios? Sin embargo, a uno de los personajes del Evangelio —al joven rico— le sucedió lo contrario: se marchó triste. ¿Qué le pasó?

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El joven rico era una persona muy buena. Desde pequeño siempre había observado los mandamientos. Pero, aun así, él sentía que le faltaba algo y, por eso, cuando ve a Jesús, el Maestro, le pregunta qué puede ser. El Señor le responde: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme» (Marcos 10, 21). Esta invitación lo afligió —nos comenta el evangelista— porque tenía muchos bienes.

¿Por qué Jesús le exige esto? ¿Acaso son malas las riquezas? ¿Por qué el joven, si era buena persona y cumplía los mandamientos, sentía que le faltaba algo?

Para ser feliz hace falta que pongas tus aspiraciones en el Cielo

Jesús quiere para nosotros la auténtica felicidad. Y, tarde o temprano, llega un momento de nuestra vida en el que descubrimos que no hay nada de este mundo que nos dé una alegría completa. Así lo experimentaba el joven del Evangelio: las riquezas no lo llenaban; ni siquiera su buen comportamiento. Jesús, entonces, le da la clave: «Para ser realmente feliz hace falta que pongas tus aspiraciones en el Cielo. Yo soy el Camino para llegar allí: sígueme».

No es que el mundo sea malo en sí mismo. ¿Cómo puede ser malo aquello que ha salido de las manos del mismo Creador? Pero cuando las cosas buenas de este mundo nos impiden caminar hacia el bien verdadero, que está en el Cielo, entonces pierden su sentido. Por eso Jesús dice que es muy difícil que un rico entre al Cielo, porque si considera que sus bienes son los auténticos, se olvidará del único que realmente es bueno: Dios (Marcos 10, 18).

Solo los pobres de espíritu pueden ser verdaderamente felices

La pobreza de espíritu, aquella que nos invita a vivir Jesús, es la virtud que nos ayuda a estar desprendidos de los bienes de este mundo —riquezas, honores, personas— de tal manera que, aunque sean muy buenos, no nos hagan olvidar dónde está la verdadera felicidad.

Solo los pobres de espíritu pueden ser auténticamente felices. Solo los pobres de espíritu heredarán el Cielo. Solo los pobres de espíritu serán los dueños del Reino de Dios.

Texto bíblico base

Marcos 10, 17-30

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Eclesiastés / Qohélet 2, 1-11

Eclesiástico / Sirácida 31, 1-11

Nuevo Testamento

Mateo 5, 3

Lucas 12, 32-34

Hechos de los Apóstoles 4, 32

2 Corintios 8, 9

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Estoy desprendido de los bienes que me ha regalado el Señor?
  2. ¿Soy generoso y pongo al servicio de los demás lo que soy y lo que tengo?
  3. ¿Respondo con alegría a las invitaciones que me hace Jesús?

 

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