Oscuridad. Silencio. De repente se oye una multitud que se acerca. Crece el barullo, aumenta el ruido de muchas pisadas. «¿Qué pasa?», pregunta Bartimeo en voz baja. Nadie le responde. «¿Qué pasa?», grita esta vez. Un mendigo, compañero suyo, le contesta: «Viene Jesús de Nazaret».

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Bartimeo no lo podía creer. Su oportunidad había llegado. Jesús de Nazaret era famoso por sus profundas enseñanzas y por sus milagros. Él seguramente tenía el poder para curar su ceguera, para sacarlo de esa oscuridad tan inquietante. No podía permitir que se fuera, no. Por eso, comenzó a exclamar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» (Marcos 10, 47).

¡Que fuerza tiene la oración humilde!

La gente se fijó entonces en Bartimeo. Con cierto desprecio lo mandaron a callar: «¿Cómo te atreves tú, mendigo ciego, a formar este escándalo? ¿Quién eres para molestar al Maestro?». A Bartimeo se le encogió el corazón: ¿Se iría Jesús sin curarlo? ¿Estaría condenado a vivir en una oscuridad perpetua? Gritó más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» (Marcos 10, 48).

Jesús se detuvo. Su corazón también se había encogido. Un hombre, uno de sus hermanos, le suplicaba misericordia. Mandó llamar a Bartimeo y le preguntó qué quería. «Maestro mío, ¡que vea!», le respondió emocionado el mendigo. Jesús penetró con su mirada el alma de Bartimeo, vio su gran fe y le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado» (Marcos 10, 52).

La fe nos da luz y salvación

Puede que nosotros también vivamos en la oscuridad de Bartimeo. No porque estemos ciegos, sino porque nos encontramos en medio de situaciones difíciles en las que no vemos nada: no entendemos lo que nos pasa, no comprendemos (ni somos comprendidos), y pareciera que ninguna luz se asoma en el horizonte, que no hubiera solución.

Pero Jesús pasa. No lo vemos, pero oímos hablar de Él. Es el momento, por tanto, de exclamar con fe: «¡Jesús, ten compasión de mí! No te veo, pero he oído de ti y creo —confío— en ti». ¡Qué fuerza tiene la oración humilde! En medio de la oscuridad total, sin poder ver a Dios, acudimos a su misericordia con confianza.

Acerquémonos al Señor cuando nos ataque la ceguera, cuando no veamos ni entendamos nada. La fe nos dará luz y salvación. Y, cuando Jesús actúe, le agradeceremos no con palabras, sino con obras, siguiéndole como hizo Bartimeo, el ciego gritón.

Texto bíblico base

Marcos 10, 46-52.

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Salmo 50 (49), 15.

Salmo 91 (90), 14-16.

Nuevo Testamento

Mateo 7, 7-11.

Filipenses 4, 6-7.

1 Tesalonicenses 5, 17.

1 Juan 5, 14-15.

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Qué oscuridades están presentes en mi vida?
  2. ¿Rezo con confianza? ¿Me refugio en la misericordia de Dios?
  3. ¿Le agradezco a Jesús con obras? ¿Soy un buen discípulo suyo?

Un comentario en “El ciego gritón

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