Jesús se presenta a sí mismo como «el Buen Pastor». Quienes se reúnen en torno a Él son las «ovejas de su rebaño» (Salmo 99, 3). ¿Qué caracteriza a esas ovejas? Jesús mismo lo indica: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen…».

El Buen Pastor, Cristóbal García Salmerón, siglo XVII (Museo del Prado)

Las ovejas «escuchan» y «siguen». Se trata de las acciones propias del discípulo. En primer lugar, el discípulo «escucha», es decir, aprende del Maestro; más aún, lo contempla. Pero este aprendizaje y esta contemplación no son mera teoría, sino que se traducen en vida. Por eso, el discípulo, además de escuchar, «sigue»: el seguimiento de Jesucristo no es otra cosa que la continua conversión del discípulo, que se va configurando con su Maestro y Señor.

Las ovejas «escuchan» y «siguen». Jesús, por su parte, las «conoce». Al Señor no le preocupan las «masas», su principal interés no son los números desorbitantes; más bien, a Él le importa cada uno en singular. El Buen Pastor no es el que tiene muchas ovejas, sino el que conoce a cada una de forma particular: su criterio no es la cantidad, sino el conocimiento y el amor personal.

El Buen Pastor no solo ofrece seguridad a sus ovejas. Les promete algo muchísimo más importante. Dice Jesús: «Yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano». El Buen Pastor no es el que complace a las ovejas en sus caprichos; tampoco es el que ofrece falsas o medias esperanzas: Él da vida eterna a las ovejas. «Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono los apacentará y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas» (Apocalipsis 7, 16-17).

«Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno». En torno a Jesucristo, el Hijo de Dios que es el Buen Pastor, se congrega «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas». Todos están «de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos»: han resucitado —por eso están de pie— con Cristo por medio del Bautismo —van con vestiduras blancas— y así han vencido a la muerte —poseen la palma de la victoria y de la inmortalidad.

El balido gozoso de las ovejas no puede ser otro: «Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores» (Salmo 99, 2).

LECTURAS DEL IV DOMINGO DE PASCUA o Domingo del Buen pastor

Leer

Primera lecturaHechos de los Apóstoles 13, 14. 43–52
SalmoSalmo 100 (99)
Segunda lecturaApocalipsis 7, 9. 14b-17
EvangelioJuan 10, 27-30

PREGUNTAS PARA MEDITAR Y ORAR

1. ¿Escucho y sigo la voz de Jesús? ¿Cómo está mi formación en la fe? ¿Y mi vida de fe?

2. ¿Me dejo conocer personalmente por el Señor? ¿Le abro mi corazón en la dirección espiritual?

3. ¿Deseo con todo mi corazón gozar de la vida eterna?

Un comentario en “Balidos y vítores

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