Talante misionero

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Jesús llamó a los doce apóstoles, los reunió en torno a Él y les dijo: «Habéis visto como he ido predicando el Reino de Dios y la conversión en los distintos pueblos. Ahora os envío a vosotros, de dos en dos, para que hagáis lo mismo. No tengáis miedo, ni siquiera a los espíritus inmundos: os doy autoridad sobre ellos».

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La Ascensión del Señor

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Los once apóstoles se encontraban reunidos en torno a la mesa. A pesar de que algunas mujeres les aseguraban que Jesús había resucitado y que se les había aparecido, ellos no les creían. Entonces, se presentó Jesús en medio de ellos y les echó en cara su dureza de corazón, por no creer a quienes le habían visto.

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Los amigos de Jesús

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Los discípulos escuchaban atentamente a Jesús. El Maestro les hablaba desde el corazón, les expresaba sus más profundos deseos y sus más nobles sentimientos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».

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La vid y los sarmientos

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Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto». Sin que pudieran evitarlo, una pregunta resonó en los corazones de los discípulos: «Y yo, a los ojos de Jesús, ¿qué tipo de sarmiento soy?».

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El Buen Pastor

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Jesús les dijo a los fariseos: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; en cambio, el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas».

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Corazón ardiente

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Cleofás y el otro discípulo llegan a Jerusalén con la noche ya muy avanzada. Van adonde saben que están los apóstoles y, para su sorpresa, los encuentran despiertos. El que les abre la puerta les dice con efusión: «¡Es verdad lo que decían las mujeres! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!».

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