Los frutos del Espíritu

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Cuando Dios creó al hombre, le insufló un aliento de vida (Génesis 2, 7); pero, consecuencia del pecado, la muerte entró en el mundo (Romanos 5, 12). Sin embargo, Dios perdonó al hombre y Pentecostés es signo de ello. El envío del Espíritu Santo significa que Dios sigue apostando por la vida: «Sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Juan 20, 22). Nuevamente, Dios ha insuflado en los hombres el aliento de vida.

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Creyentes

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Tomás apóstol no estaba con los discípulos cuando Jesús Resucitado se les apareció por primera vez. Al escuchar los relatos de sus compañeros, se negó a creer. Para la segunda aparición, una semana después, Tomás sí estaba presente. Jesús le increpó: «No seas incrédulo, sino creyente». Y sentenció su “última” bienaventuranza: «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Juan 20, 29).

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Lucha

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«Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza» (2 Timoteo 1, 7). Esta frase de San Pablo va en la misma sintonía que aquella que dijo Jesús a sus discípulos en la Última Cena: «En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: Yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33).

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¿Videntes o creyentes?

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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor… Hasta entonces, los discípulos no habían creído en lo que le habían dicho las mujeres: que Jesús había resucitado. Pero ahora, después de verlo, no podían dudar; allí estaban los signos inequívocos de que era Él: las manos agujereadas y el costado abierto por la lanza.

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Con el corazón en el Cielo

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Aunque muchas personas seguían a Jesús, no todas lo hacían del mismo modo. En aquel tiempo, Jesús bajó del monte con los Doce, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. El Evangelio distingue tres grupos: «los Doce», «un grupo grande de discípulos» y «una gran muchedumbre del pueblo». ¿Qué diferencias había entre ellos?

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De la admiración a la ira

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Después que Jesús dijera en la sinagoga de Nazaret «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír», todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Para los nazarenos, resultaba realmente sorprendente que el que hasta ahora habían conocido como carpintero, pudiera hablar con semejante autoridad. Y se preguntaban: «¿No es este el hijo de José?».

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Asombrosa sencillez

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Los Evangelios nos dan poquísimos datos sobre la vida ordinaria de Jesús. ¡Con qué normalidad transcurriría buena parte de la vida del Señor, junto con José y María! Precisamente, en el contexto de un acontecimiento tan familiar y a la vez tan festivo, como lo es una boda, tuvo lugar el primer milagro del Mesías.

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La luz de la fe

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Bartimeo se había acostumbrado a vivir en un mundo en tinieblas. No solo porque era ciego, sino porque desde hacía muchísimo tiempo llevaba una vida infeliz. La mendicidad representaba para él la única opción de supervivencia; y, a veces, ni siquiera eso: había días en que la gente que entraba o salía de Jericó apenas dejaba unas pocas monedillas a los mendigos que se situaban a las puertas de la ciudad.

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