¿Videntes o creyentes?

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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor… Hasta entonces, los discípulos no habían creído en lo que le habían dicho las mujeres: que Jesús había resucitado. Pero ahora, después de verlo, no podían dudar; allí estaban los signos inequívocos de que era Él: las manos agujereadas y el costado abierto por la lanza.

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Con el corazón en el Cielo

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Aunque muchas personas seguían a Jesús, no todas lo hacían del mismo modo. En aquel tiempo, Jesús bajó del monte con los Doce, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. El Evangelio distingue tres grupos: «los Doce», «un grupo grande de discípulos» y «una gran muchedumbre del pueblo». ¿Qué diferencias había entre ellos?

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De la admiración a la ira

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Después que Jesús dijera en la sinagoga de Nazaret «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír», todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Para los nazarenos, resultaba realmente sorprendente que el que hasta ahora habían conocido como carpintero, pudiera hablar con semejante autoridad. Y se preguntaban: «¿No es este el hijo de José?».

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Asombrosa sencillez

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Los Evangelios nos dan poquísimos datos sobre la vida ordinaria de Jesús. ¡Con qué normalidad transcurriría buena parte de la vida del Señor, junto con José y María! Precisamente, en el contexto de un acontecimiento tan familiar y a la vez tan festivo, como lo es una boda, tuvo lugar el primer milagro del Mesías.

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La luz de la fe

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Bartimeo se había acostumbrado a vivir en un mundo en tinieblas. No solo porque era ciego, sino porque desde hacía muchísimo tiempo llevaba una vida infeliz. La mendicidad representaba para él la única opción de supervivencia; y, a veces, ni siquiera eso: había días en que la gente que entraba o salía de Jericó apenas dejaba unas pocas monedillas a los mendigos que se situaban a las puertas de la ciudad.

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Santa y tierna intransigencia

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Mientras que algunas personas se acercaban a Jesús con una fe sencilla y humilde, no faltaban quienes lo hacían entre intrigas y suspicacias. Acercándose unos fariseos, preguntaban a Jesús para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito al hombre repudiar a su mujer?». Algo les haría sospechar que el Maestro de Nazaret les respondería que no; así lo podrían acusar de ir en contra de lo establecido en la Ley de Moisés.

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La Cruz, gloria nuestra

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Por las tierras de Galilea y de Judea, el nombre de Jesús de Nazaret pasaba de boca en boca. Las gentes comentaban las enseñanzas y los prodigios del nuevo maestro, del que, sin embargo, apenas sabían algo con certeza. Por eso, algunos se aventuraban a afirmar que se trataba de Juan el Bautista, que habría resucitado después de que Herodes lo hubiera mandado a decapitar; otros, en cambio, decían que era el profeta Elías, que tenía que volver antes del Mesías; otros, por su parte, sostenían que era otro de los profetas.

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Palabras de espíritu y vida

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Judas, inquieto, contemplaba a Jesús. ¿Acaso el Maestro no se daba cuenta de que sus palabras resultaban difíciles de aceptar para la multitud? ¿A qué venía esa insistencia en decir que debían comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre para tener vida? Si seguía con ese discurso, ¡perderían a los nuevos discípulos!

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