Hacia la cima

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La muchedumbre se agolpaba en torno a Jesús. Él, a duras penas, consiguió abrirse paso y comenzó su ascenso hacia la cima de la colina que tenían al lado. Más de la mitad del gentío decidió entonces volver a sus casas; ya habría tiempo de escuchar nuevamente al Maestro sin necesidad de subir al monte. Unos cuantos, sin embargo, siguieron a Jesús cuesta arriba.  

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Las lágrimas de Dios

Resurrección de Lázaro

El mensajero fue corriendo hasta Jesús, que hablaba a sus discípulos, y le interrumpió sin miramientos: «Señor, vengo de Betania, de parte de Marta y María. Su hermano Lázaro, tu amigo, está muy enfermo. Se muere». Jesús, apacible, le respondió: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios. Tranquilo: gracias por avisarme». Pidió entonces a Judas que le diera dinero al mensajero para que comprara algo de comer. Leer Más

La puerta de los amigos

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Entraron en la aldea. En días anteriores, junto con sus discípulos más cercanos, Jesús había visitado varias poblaciones de camino hacia Jerusalén. Las multitudes se reunían en las plazas para oír las enseñanzas del Maestro. Ahora no era la excepción: poco a poco los habitantes de la aldea en la que habían entrado se congregaban, dispuestos a escuchar al Maestro. ¿Qué les enseñaría? Leer Más

¿Qué clase de rey es este?

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Los soldados se burlaban de Jesús. Le habían puesto encima un manto de púrpura —símbolo de la dignidad real— y, en la cabeza, una corona de espinas. Con una caña, que representaba el cetro real, le pegaban en la cabeza. Una vez. Otra más. También lo abofeteaban y le escupían. Se arrodillaban ante Él y le decían con sorna: «¡Salve, rey de los judíos!». Él, Cristo Rey, callaba. Oraba. Perdonaba. Leer Más