Amigos

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Durante la última cena, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió…».

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Mi gloria es el amor

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Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará…». Si algo movió a Jesús a lo largo de su vida terrena, eso fue buscar la gloria de su Padre. Al mismo tiempo, Dios Padre siempre tuvo y siempre ha tenido la firme voluntad de glorificar a Jesús. Nos sumergimos en el misterio de la mutua glorificación entre el Padre y el Hijo.

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¿Videntes o creyentes?

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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor… Hasta entonces, los discípulos no habían creído en lo que le habían dicho las mujeres: que Jesús había resucitado. Pero ahora, después de verlo, no podían dudar; allí estaban los signos inequívocos de que era Él: las manos agujereadas y el costado abierto por la lanza.

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Magníficat

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Desde que lo pronunció por primera vez en la casa de su pariente Isabel, el Magníficat no dejó de resonar en el corazón de María. Algunos de sus fragmentos hallaron perfecta repercusión en los acontecimientos posteriores de su vida: su espíritu se había alegrado en Dios al nacer el Niño Jesús; durante la vida pública del Señor, había contemplado las proezas obradas por su brazo —desde las curaciones milagrosas y los exorcismos hasta los más mínimos detalles de caridad—; y, en el Calvario, había experimentado el modo como Dios derriba a los soberbios y enaltece a los humildes.

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La semilla de la Palabra

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Jesús dijo a la multitud la siguiente parábola: «El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».

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Hacia la cima

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La muchedumbre se agolpaba en torno a Jesús. Él, a duras penas, consiguió abrirse paso y comenzó su ascenso hacia la cima de la colina que tenían al lado. Más de la mitad del gentío decidió entonces volver a sus casas; ya habría tiempo de escuchar nuevamente al Maestro sin necesidad de subir al monte. Unos cuantos, sin embargo, siguieron a Jesús cuesta arriba.  

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Las lágrimas de Dios

Resurrección de Lázaro

El mensajero fue corriendo hasta Jesús, que hablaba a sus discípulos, y le interrumpió sin miramientos: «Señor, vengo de Betania, de parte de Marta y María. Su hermano Lázaro, tu amigo, está muy enfermo. Se muere». Jesús, apacible, le respondió: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios. Tranquilo: gracias por avisarme». Pidió entonces a Judas que le diera dinero al mensajero para que comprara algo de comer. Leer Más