La muchedumbre caminaba tras Jesús. Él, de vez en cuando, afinaba el oído y escuchaba las conversaciones de quienes lo seguían. De esta manera logró enterarse de las últimas noticias: un famoso negociante había perdido su fortuna y la torre que había mandado a edificar había quedado a medias; el ejército de un nación lejana había sido masacrado porque su rey no se había rendido a tiempo, aun sabiendo que el enemigo los duplicaba…

hermanos-cruz

En determinado momento, dos hermanos se acercaron tanto a Jesús que, sin ellos darse cuenta, el Maestro podía entender lo que charlaban entre sí. Uno le preguntaba al otro: «¿Valdrá la pena continuar siendo seguidores de Jesús? Hemos dejado a nuestros padres atrás con nuestra hermana pequeña. ¿Podrán valerse por sí mismos?». El hermano interrogado miraba al otro confundido. Dudaba. No sabía que responder. Se sucedieron unos minutos de silencio. El hermano que había hablado antes intervino: «Además, seguramente tu taller de carpintería quebrará en manos de tu colega. Será mejor que volvamos».

Quien no carga con su cruz no puede ser mi discípulo

El otro hermano estaba a punto de responder cuando Jesús se detuvo en seco, se giró y pidió a todos que pararan la marcha. La gente calló. Jesús exclamó: «Quien viene a mí, pero prefiere a su padre, a su madre, a su mujer, a su marido, a sus hijos, a sus hermanos o hermanas, e incluso a sí mismo antes que a Mí, no puede ser mi discípulo». Los dos hermanos abrieron los ojos como platos: ¿los habría escuchado? Jesús siguió: «Quien no carga con su cruz y viene en pos de Mí, no puede ser mi discípulo».

«Maestro, ¿de qué cruz hablas?», preguntó un joven llamado Marcos. Jesús le respondió: «Marcos, quien me sigue debe estar dispuesto a sufrir hasta la peor de las muertes». Y dijo a todos: «¡Ánimo! Cuentan con la gracia del Padre. Eso les bastará. ¡Pero que la gracia no caiga en saco roto! No vaya a ser que les pase como al negociante arruinado o al rey que perdió su ejército: calcularon mal, terminaron mal. Ustedes no calcularán mal si ponen su confianza en la gracia y no en sus bienes o en su fuerza».

Hay alegría y paz cuando Cristo reina en tu vida

Para ser discípulos de Jesucristo hace falta que Él sea la prioridad en nuestra vida: todo lo demás —familia, amigos, estudios, trabajo, vacaciones, salud, riqueza…— tiene sentido y valor cuando lo vivimos de cara a Jesús, en su presencia, por amor a Dios. Solo así se puede encontrar alegría y paz, los frutos del reinado del Señor en nuestra vida

texto bíblico base

Lucas 14, 25-33 (leer).

Dios te habla: ¿Le escuchas?

Antiguo Testamento

Deuteronomio 6, 4-6 (leer).

Salmo 97 (96), 7-12 (leer).

Nuevo Testamento

Mateo 10, 37-39 (leer).

2 Corintios 6, 1 (leer).

2 Corintios 12, 9-10 (leer).

Gálatas 6, 14 (leer).

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Qué lugar ocupa Jesús en mi familia? ¿En mis amistades? ¿En mis proyectos?
  2. ¿Encomiendo a Dios mis estudios, mi trabajo? ¿Los hago bien por amor a Él?
  3. ¿Amo la cruz de Jesús? ¿Qué mortificaciones o penitencias ofrezco al Señor?

 

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