Magníficat

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Desde que lo pronunció por primera vez en la casa de su pariente Isabel, el Magníficat no dejó de resonar en el corazón de María. Algunos de sus fragmentos hallaron perfecta repercusión en los acontecimientos posteriores de su vida: su espíritu se había alegrado en Dios al nacer el Niño Jesús; durante la vida pública del Señor, había contemplado las proezas obradas por su brazo —desde las curaciones milagrosas y los exorcismos hasta los más mínimos detalles de caridad—; y, en el Calvario, había experimentado el modo como Dios derriba a los soberbios y enaltece a los humildes.

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Corazón ardiente

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Cleofás y el otro discípulo llegan a Jerusalén con la noche ya muy avanzada. Van adonde saben que están los apóstoles y, para su sorpresa, los encuentran despiertos. El que les abre la puerta les dice con efusión: «¡Es verdad lo que decían las mujeres! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!».

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El mejor testimonio de la historia

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Los comentarios llegaron a los líderes religiosos del pueblo. Las multitudes acudían al desierto para ver, a orillas del río Jordán, a un hombre llamado Juan, que predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Muchos estaban cautivados con su figura; decían que Juan era el Elías que tenía que venir, el Profeta, e incluso algunos afirmaban que él era el Mesías.

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¿Quién es Jesús?

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Al entrar en la región de Cesarea de Filipo, Jesús pidió a los discípulos detenerse un rato; bajo la sombra de un árbol frondoso, se sentaron a descansar. Tras unos instantes de silencio, el Maestro lanzó una pregunta: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?».

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La oración de los “perritos”

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Los discípulos habían perdido la paciencia. Desde hacía unos diez minutos, una mujer de Canaán los seguía por el camino suplicándole a Jesús que atendiera a su hija. «¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está poseída por un demonio», gritaba la mujer. Jesús, sin embargo, parecía ignorarla.

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Un Dios generoso

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La luna había aparecido ya en el firmamento, aunque todavía estaba claro. Judas Iscariote se sentía agotadísimo: durante toda la jornada, él y los otros discípulos habían acompañado a Jesús a atender a los enfermos que le presentaban. Al ver la luna, Judas se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ya es tarde y estamos en despoblado. Despide a la gente, para que puedan volver a sus casas y coman algo».

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¿Por qué hablas en parábolas?

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Desde la barca, Jesús se dirigía a la multitud que lo escuchaba a orillas del Mar de Galilea. El Maestro observaba con atención el rostro de los oyentes. Una mujer, con los ojos bien abiertos, asentía a cada una de sus frases, mientras que, al lado, su marido bostezaba sin disimulo. Una chica, irritada, tenía el ceño fruncido; su hermana, en cambio, miraba perdida hacia el horizonte. Un joven enamoradizo no quitaba la vista de las dos hermanas; un amigo suyo atendía concentrado el discurso del Señor.   

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