Jesús acaba de ser bautizado. Al salir del agua, el Espíritu Santo baja sobre Él en forma de paloma y se oye la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo, el Amado. En ti me he complacido». Es la presentación perfecta para empezar su vida pública: ¿Quién no escuchará y creerá a quien Dios llama su Hijo amado? Sin embargo, el Espíritu no lo lleva a ninguna plaza para predicar. Lo empuja, en cambio, al desierto.

desierto

¡Qué locura!, podríamos pensar. ¿Para qué Jesús va a perder el tiempo en el desierto, donde no tiene a nadie a quien enseñar o curar? Además, no fue solo por un rato: ¡Cuarenta días! Más de un mes comiendo casi nada, durmiendo a la intemperie, soportando un clima terrible… ¿Qué podrá hacer el Hijo de Dios en un desierto? ¿Para qué lo trasladó allí el Espíritu Santo? «Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo» (Mateo 4, 1). Ahora sí, la locura que faltaba: Jesús no solo fue llevado a un desierto inhóspito, sino que además con la intención de que fuera tentado por Satanás, el Enemigo. ¿Qué sentido puede tener todo eso?

Vivimos absorbidos por tantas cosas que nos olvidamos de Jesús

A veces nos hace falta ir al desierto: despojarnos de la comodidad e incluso de lo necesario para tener una relación más íntima con Dios. En ocasiones, vivimos absorbidos por tantas cosas —incluso buenas— que nos olvidamos del Señor: su lugar lo empieza a ocupar lo urgente, lo placentero, lo supuestamente importante. Se hace necesario entonces que el Espíritu Santo nos conduzca al desierto.

Jesús nos da ejemplo: no se deja ganar por el activismo, no tiene prisa por empezar su ministerio. Va al desierto, se desprende de todo —ayuna—, y ora intensamente. Él es el Amado: confía, ante todo, en el amor de su Padre. Y, cimentado en ese amor, vence las tentaciones del diablo, que lo tienta —como dice Santo Tomás de Aquino— con «el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder».

Somos débiles, pero contamos con el amor de Dios

Necesitamos el desierto: ayunar más, orar más. Nos llegarán las tentaciones, pero no nos asustaremos: somos débiles, pero contamos con el amor por Dios. Con ese amor, venceremos, y si caemos, ese mismo amor misericordioso nos levantará.

La Cuaresma acaba de empezar: el Espíritu Santo quiere regalarnos cuarenta días en el desierto. Además, no estaremos completamente solos: está Jesús. ¿Irás?

Texto bíblico base

Lucas 4, 1-13

Textos bíblicos de apoyo

Antiguo Testamento

Deuteronomio 26, 7

Salmo 91 (90), 14-15

Joel 2, 12-16

Jonás 3, 1-10

Nuevo Testamento

Mateo 6, 1-18

1 Corintios 10, 13

Preguntas para meditar, reflexionar y orar
  1. ¿Tengo «desiertos» en mi vida? ¿Oro en el silencio? ¿Ayuno?
  2. ¿Cuáles son mis «comodidades»? ¿Sé desprenderme de ellas?
  3. ¿Me asusto ante la tentación? ¿Confío en que con el amor de Dios podré vencer todo?

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