Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían… Algo disgustó a Jesús del tono de voz de aquellos hombres. Le contaban la noticia dando a entender que si los galileos acabaron de esa forma, se debía seguramente a su condición: serían unos pecadores.

El viñador y la higuera, James Tissot, 1886-1894 (Brooklyn Museum)

Jesús respondió: «Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

Jesús puso en jaque a quienes le habían contado la noticia. Ellos, quizá de manera inconsciente, se creían mejores que los galileos porque no habían sufrido una desgracia parecida; pero el Señor también los exhortaba a la conversión.

A nosotros nos puede pasar lo mismo en dos sentidos. Por una parte, pensar que solo le pueden suceder cosas malas a las personas que son malas (y, por eso mismo, cuando nos suceden a nosotros le reclamamos a Dios: ¿Por qué me pasa esto a mí, si yo no hago mal a nadie?) ¡Qué ingenuos somos! Porque no es verdad que las personas buenas estén exentas de sufrir contradicciones (ni tampoco es verdad que nosotros seamos tan buenos como a veces consideramos).

Por otra parte, nuestra soberbia personal siempre nos va a convencer de que los demás necesitan una mayor conversión que la que nosotros necesitamos. A veces, hablamos de los males y pecados del mundo en tercera persona, como si fueran algo ajeno a nosotros. O cuando escuchamos una predicación nos viene a la mente: ¡qué bien le vendría a fulanito o a menganita escuchar esto! Y nosotros, ¿qué? Jesús es claro: Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo.

A aquellos hombres, el Señor les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”. Pero el viñador respondió: “Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”».

Ahora es tiempo favorable, ahora es tiempo de conversión. Dios nos regala una oportunidad para vivir más cerca de Él. Considerémoslo en primera persona.

LECTURAS DEL III DOMINGO DE CUARESMA

Leer

Primera lecturaÉxodo 3, 1-8a. 13-15
SalmoSalmo 103 (102)
Segunda lectura1 Corintios 10, 1-6. 10-12
EvangelioLucas 13, 1-9

PREGUNTAS PARA MEDITAR Y ORAR

1. ¿Sé reconocer cuándo detrás de mis pensamientos o actitudes está operando mi soberbia?

2. ¿Tengo deseos sinceros y ardientes de conversión?

3. ¿De qué modo la Cuaresma me está ayudando a estar más cerca de Jesús?

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