La gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Con qué ímpetu se acercaban aquellas gentes para escuchar las enseñanzas del Maestro. Vencían el hambre, el cansancio y lo que hiciera falta para ir detrás de Jesús. Podían tener muchos defectos y miserias, pero había un pecado con el que no pensaban pactar: la pereza.

La pesca milagrosa, P.P. Rubens, 1618 (National Gallery, Londres)

Jesús estaba dispuesto a atender a la multitud, pero para lograrlo tenía que tomar distancia; si no, lo aplastarían. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Después de horas de trabajo, prácticamente infructuosas, Simón y los otros pescadores acogen la petición de Jesús de hacerse nuevamente a la mar, aunque estuvieran cansados. Con generosidad, ponen a disposición del Señor lo que tienen, para que pueda anunciar su Evangelio. Jesús no pasará por alto aquel gesto.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». ¿Cómo podía el Maestro darles semejante orden? ¿No se daba cuenta de que estaban agotados? ¿No podría esperar a mañana? Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». ¡Bendita fe la de Simón! Las palabras de Jesús no son para él meras reflexiones espirituales; afectan también a lo más concreto de su vida: su trabajo, su descanso… todo.

Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Dios nos supera en generosidad infinitamente. La abundancia de peces sobrepasaba con creces el esfuerzo de Simón Pedro. Este, sin miramientos, reconoce su nada ante el Señor: ¡Soy un hombre pecador! ¡Hombre, no Dios! ¡Pecador, no santo! ¿Cuántas veces jugamos a ser dioses, y no hombres? ¿Cuántas veces nos auto-convencemos de que somos «los buenos»?

Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron. Esa es la generosidad y misericordia divina: Jesús no solo regaló a Pedro y a sus compañeros una pesca abundante, sino que los constituyó discípulos suyos y pescadores de hombres. Y lo hizo a sabiendas de sus limitaciones; más aún, porque las reconocieron.

LECTURAS DEL V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Leer

Primera lecturaIsaías 6, 1-2a. 3-8
SalmoSalmo 138 (137)
Segunda lectura1 Corintios 15, 1-11
EvangelioLucas 5, 1-11

PREGUNTAS PARA MEDITAR Y ORAR

1. ¿A qué me llama el Señor? ¿Cuál es mi vocación?

2. ¿Tengo deseos vivos de estar con Jesús? ¿Qué excusas suelo poner para dedicarle tiempo al Señor?

3. ¿Soy cristiano a tiempo completo? ¿Pongo mi fe por obra dentro y fuera del templo: en la familia, el estudio, el trabajo…?

4. ¿Reconozco mis limitaciones y miserias? ¿Confieso con regularidad mis pecados y faltas?

Un comentario en “Pescador de hombres

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