La luz del cristiano

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Así como Jesucristo es luz —«Yo soy la luz del mundo» (Juan 8, 12)—, así también Él mismo desea que sus discípulos sean luz: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5, 14). El Señor quiere que la luz del cristiano brille «ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5, 16).

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Evangelizar es iluminar

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«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló» (Isaías 9, 1). Esta profecía de Isaías se cumple en Jesucristo: Él es la luz grande que nos ilumina. En efecto, Jesús afirma de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8, 12; cf. Antífona de la comunión, III Domingo del Tiempo ordinario, segunda opción).

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Hacia y desde Jesucristo

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En su Primera Carta a los Corintios, San Pablo escribe que él fue «llamado a ser apóstol de Jesucristo». Ciertamente, se tomó en serio su misión. Allí donde iba no se cansaba de hablar de Jesús, hasta tal punto que Santa Teresa de Jesús advierte siglos después: «Miremos al glorioso San Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón» (Libro de la vida 22, 7).

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La puerta estrecha

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El mensaje del Evangelio es para todos. Jesús no envía a los apóstoles a un grupo selecto de personas, sino que los manda evangelizar el mundo entero: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio» (Marcos 16, 15). En efecto, Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2, 4).

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Misión

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En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies…».

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«Traje de amadores»

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El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado… Apenas se lo permite la Ley, aquellas mujeres van al sepulcro de Jesús, impulsadas por el profundo amor que tenían a su Maestro. Se sienten desamparadas. Su Amigo les ha sido arrebatado en un abrir y cerrar de ojos.

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En las manos del Padre

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Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda... Vemos a Jesús, el Hijo de Dios, crucificado entre malechores, como si fuera un malechor más… ¡Con qué fuerza lo expresa San Pablo!: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Filipenses 2, 6-8).

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Sabia respuesta

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En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba… Todas las palabras y obras de Jesús tenían su raíz en la oración. El Señor, que oraba en todo momento, dedicaba tiempos exclusivos de soledad y silencio para hablar con su Padre. De este modo sostenía su misión entre los hombres.

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Pescador de hombres

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La gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Con qué ímpetu se acercaban aquellas gentes para escuchar las enseñanzas del Maestro. Vencían el hambre, el cansancio y lo que hiciera falta para ir detrás de Jesús. Podían tener muchos defectos y miserias, pero había un pecado con el que no pensaban pactar: la pereza.

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Asombrosa sencillez

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Los Evangelios nos dan poquísimos datos sobre la vida ordinaria de Jesús. ¡Con qué normalidad transcurriría buena parte de la vida del Señor, junto con José y María! Precisamente, en el contexto de un acontecimiento tan familiar y a la vez tan festivo, como lo es una boda, tuvo lugar el primer milagro del Mesías.

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