Frutos

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El sumo sacerdote y los ancianos del pueblo ardían de ira. No podían permitir que Jesús dijera de ellos que de boca para afuera se jactaban de ser muy creyentes y de pertenecer al pueblo elegido, pero que su corazón y sus obras estaban lejos de Dios. ¿Quién se creía aquel hombre para juzgarlos?

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¿Envidia?

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Jesús escuchaba desde lejos la discusión que tenían los discípulos entre sí. Ellos ni siquiera se habían dado cuenta de la presencia del Maestro. «Cuando Jesús instaure el Reino, yo ocuparé el primer lugar», decía uno, «porque yo fui el primero en seguirlo». «Sí, pero yo he trabajado más que tú», replicaba otro.

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¿Quién es Jesús?

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Al entrar en la región de Cesarea de Filipo, Jesús pidió a los discípulos detenerse un rato; bajo la sombra de un árbol frondoso, se sentaron a descansar. Tras unos instantes de silencio, el Maestro lanzó una pregunta: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?».

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La oración de los “perritos”

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Los discípulos habían perdido la paciencia. Desde hacía unos diez minutos, una mujer de Canaán los seguía por el camino suplicándole a Jesús que atendiera a su hija. «¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está poseída por un demonio», gritaba la mujer. Jesús, sin embargo, parecía ignorarla.

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Un Dios generoso

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La luna había aparecido ya en el firmamento, aunque todavía estaba claro. Judas Iscariote se sentía agotadísimo: durante toda la jornada, él y los otros discípulos habían acompañado a Jesús a atender a los enfermos que le presentaban. Al ver la luna, Judas se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ya es tarde y estamos en despoblado. Despide a la gente, para que puedan volver a sus casas y coman algo».

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¿Por qué hablas en parábolas?

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Desde la barca, Jesús se dirigía a la multitud que lo escuchaba a orillas del Mar de Galilea. El Maestro observaba con atención el rostro de los oyentes. Una mujer, con los ojos bien abiertos, asentía a cada una de sus frases, mientras que, al lado, su marido bostezaba sin disimulo. Una chica, irritada, tenía el ceño fruncido; su hermana, en cambio, miraba perdida hacia el horizonte. Un joven enamoradizo no quitaba la vista de las dos hermanas; un amigo suyo atendía concentrado el discurso del Señor.   

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