Un Dios generoso

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La luna había aparecido ya en el firmamento, aunque todavía estaba claro. Judas Iscariote se sentía agotadísimo: durante toda la jornada, él y los otros discípulos habían acompañado a Jesús a atender a los enfermos que le presentaban. Al ver la luna, Judas se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ya es tarde y estamos en despoblado. Despide a la gente, para que puedan volver a sus casas y coman algo».

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El secreto del éxito

La barca tocó tierra. Jesús y sus discípulos contemplaron la playa vacía. Pedro comentó emocionado: «Y pensar, Maestro, que hasta hace unos minutos miles de personas estaban aquí escuchándote». «¡Todo un éxito! —añadió Tomás—. Yo calculo que había más de cuatro mil». Jesús sonrió y, como si no hubiese oído, dijo: «Vamos a casa a comer y descansar».  

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Trigo y cizaña

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El apóstol Mateo contemplaba el inmenso campo de trigo que tenía en frente de él. Dos hombres, recién bautizados, le acababan de decir que estaban escandalizados por el comportamiento de algunos miembros de la comunidad. «Queremos que los expulses —le habían pedido los hombres—. Ellos no viven según lo que enseñó Jesús».

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Acoger la Palabra

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La Palabra de Dios es viva y eficaz. Esa misma palabra omnipotente, que creó todos los seres de la nada, nos interpela hoy para iluminar nuestras tinieblas. Como dice san Ambrosio en su comentario al Salmo 118: La palabra de Dios es toda fuego: purifica, abrasa e ilumina. Leer Más

¿Por qué hablas en parábolas?

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Desde la barca, Jesús se dirigía a la multitud que lo escuchaba a orillas del Mar de Galilea. El Maestro observaba con atención el rostro de los oyentes. Una mujer, con los ojos bien abiertos, asentía a cada una de sus frases, mientras que, al lado, su marido bostezaba sin disimulo. Una chica, irritada, tenía el ceño fruncido; su hermana, en cambio, miraba perdida hacia el horizonte. Un joven enamoradizo no quitaba la vista de las dos hermanas; un amigo suyo atendía concentrado el discurso del Señor.   

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Un yugo suave

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Los discípulos se habían dado cuenta: Jesús prefería los lugares solitarios para rezar. En varias ocasiones se había escapado a la montaña él solo —a veces con dos o máximo tres— para pasar largas horas en diálogo con Dios. Lo llamaba Abbá, Padre.

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Misión cumplida

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El apóstol Santiago, de rodillas y con todo el cuerpo maltrecho, escuchó a su verdugo desenvainar la espada. El corazón se le aceleró. El rey Herodes Agripa, que lo había mandado apresar, observaba al apóstol con desprecio. De improviso, Agripa soltó una carcajada malévola y dio la orden al verdugo: «¡Mátalo!»

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Una buena noticia

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Mateo y Tomás entraron en la aldea. Las risotadas de cuatro hombres, sentados al frente del portal de una casa, se robaron su atención. Mateó se rascó la mejilla: ¿sería buena idea dirigirse a ellos? ¿Los escucharían? «Vamos —dijo Tomás con decisión—. Jesús nos ha mandado a anunciar su Palabra a todos».

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