Una esperanza bien fundada

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Se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir»… Los dos apóstoles le hablan a Jesús con toda franqueza. Hay algo que desean y piensan que el Señor se lo puede otorgar, así que se lo expresan sin disimulo. Él les pregunta: «¿Qué queréis que haga por vosotros?».

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La Cruz, gloria nuestra

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Por las tierras de Galilea y de Judea, el nombre de Jesús de Nazaret pasaba de boca en boca. Las gentes comentaban las enseñanzas y los prodigios del nuevo maestro, del que, sin embargo, apenas sabían algo con certeza. Por eso, algunos se aventuraban a afirmar que se trataba de Juan el Bautista, que habría resucitado después de que Herodes lo hubiera mandado a decapitar; otros, en cambio, decían que era el profeta Elías, que tenía que volver antes del Mesías; otros, por su parte, sostenían que era otro de los profetas.

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Effetá

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Se encontraba Jesús en los límites de Galilea cuando le presentaron un hombre sordo, que, además, apenas podía hablar. Quienes acompañaban al enfermo le pidieron al Señor que le impusiera la mano para curarlo, como había hecho ya con tantos otros.

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Palabras de espíritu y vida

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Judas, inquieto, contemplaba a Jesús. ¿Acaso el Maestro no se daba cuenta de que sus palabras resultaban difíciles de aceptar para la multitud? ¿A qué venía esa insistencia en decir que debían comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre para tener vida? Si seguía con ese discurso, ¡perderían a los nuevos discípulos!

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Corazón de pastor

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Después de predicar en las aldeas a las que Jesús los había enviado, los apóstoles volvieron a reunirse con Él. Uno tras otro, le contaron a Jesús todo lo que habían hecho y enseñado. El Maestro los escuchaba complacido, con una sonrisa, que de vez en cuando desaparecía cuando le hablaban de algún enfermo o endemoniado con que se habían encontrado.

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La vid y los sarmientos

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Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto». Sin que pudieran evitarlo, una pregunta resonó en los corazones de los discípulos: «Y yo, a los ojos de Jesús, ¿qué tipo de sarmiento soy?».

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Que nadie se pierda

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Jesús le dice a Nicodemo: «Cuando las serpientes venenosas atacaron a los israelitas en el desierto y suplicaron al Señor, Él mandó fabricar a Moisés una serpiente de bronce y a elevarla sobre un mástil. Todo el que era mordido, si miraba la serpiente de bronce, sanaba y vivía. Te aseguro que así mismo tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.

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