La vid y los sarmientos

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Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto». Sin que pudieran evitarlo, una pregunta resonó en los corazones de los discípulos: «Y yo, a los ojos de Jesús, ¿qué tipo de sarmiento soy?».

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Que nadie se pierda

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Jesús le dice a Nicodemo: «Cuando las serpientes venenosas atacaron a los israelitas en el desierto y suplicaron al Señor, Él mandó fabricar a Moisés una serpiente de bronce y a elevarla sobre un mástil. Todo el que era mordido, si miraba la serpiente de bronce, sanaba y vivía. Te aseguro que así mismo tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.

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La oración de los “perritos”

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Los discípulos habían perdido la paciencia. Desde hacía unos diez minutos, una mujer de Canaán los seguía por el camino suplicándole a Jesús que atendiera a su hija. «¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está poseída por un demonio», gritaba la mujer. Jesús, sin embargo, parecía ignorarla.

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Un yugo suave

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Los discípulos se habían dado cuenta: Jesús prefería los lugares solitarios para rezar. En varias ocasiones se había escapado a la montaña él solo —a veces con dos o máximo tres— para pasar largas horas en diálogo con Dios. Lo llamaba Abbá, Padre.

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