Entrando en el corazón de Dios

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Por las palabras de san Pablo (Rm 13, 8-10) y del Señor (Mt 22, 40) sabemos que el resumen de la Ley de Dios se encuentra en el doble mandamiento de la caridad: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esta es la cumbre de la vida según el Evangelio y el camino de la Bienaventuranza. Pero tal meta, vivida en perfección, supera las fuerzas del hombre; sólo es posible de alcanzar como fruto de un don de Dios, quien nunca cesa de sanar, curar y transformar el corazón por medio de la gracia.

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Acoger la Palabra

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La Palabra de Dios es viva y eficaz. Esa misma palabra omnipotente, que creó todos los seres de la nada, nos interpela hoy para iluminar nuestras tinieblas. Como dice san Ambrosio en su comentario al Salmo 118: La palabra de Dios es toda fuego: purifica, abrasa e ilumina. Leer Más

Paz y alegría

Jesús se aparece a las mujeres, J. Tissot (Museo Brooklyn)

«Esto es absurdo —el soldado se quejaba con uno de sus compañeros—. ¡Custodiar a un muerto por crucifixión! Por lo menos hoy terminaremos con esto…». «Mira, ahí vienen dos mujeres», lo interrumpió el otro soldado. En su rostro se dibujó una sonrisa maliciosa. «Vamos a ver qué quieren». Leer Más

Levántate, no temas

Pedro miró a Santiago y a Juan. Ellos, como respuesta, asintieron con la cabeza. Había llegado el momento. Hacía casi dos meses que Jesús había resucitado; había subido a los Cielos quince días atrás y les había enviado el Espíritu Santo. Pedro carraspeó y dijo: «Muchachos, hay algo que deben saber». Leer Más

Un gran acontecimiento

Transcurre la historia de la salvación: se suceden Adán, Abraham, Jacob, Moisés, David, Isaías… Al mismo tiempo, pero fuera del tiempo de los hombres, los coros angélicos alaban y adoran al Dios Uno y Trino, a la vez que velan por la humanidad. Pero ni ángeles ni hombres prevén que ha llegado el momento tan anhelado por la Trinidad: el Hijo, el Verbo, se hará carne para la redención de las criaturas. Leer Más

Siervos inútiles

Siervos inútiles

Los apóstoles habían escuchado muchas veces cómo Jesús alababa la fe de algunas personas: la del centurión —«Os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (Mateo 8, 10)—; la de la hemorroísa —«Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado» (Mateo 9, 22)—; la de la mujer cananea: «¡Mujer, qué grande es tu fe!» (Mateo 15, 28). Tantas personas creían plenamente en su Maestro, pero ellos, los apóstoles, los más cercanos, notaban que todavía les faltaba confianza. Leer Más