El arma secreta

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Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Jesús se adentra en el desierto. Va lleno del Espíritu Santo y guiado por el Espíritu Santo. Las batallas contra el diablo no se pueden ganar sin el Espíritu Santo.

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Limpios de corazón

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Algunos fariseos y escribas se fijaron en que algunos discípulos de Jesús comían sin antes lavarse las manos. Enseguida miraron al Maestro de forma inquisitiva. Le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los mayores —que no comían sin antes lavarse las manos, restregándolas bien— y comen el pan con las manos impuras?».

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Los amigos de Jesús

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Los discípulos escuchaban atentamente a Jesús. El Maestro les hablaba desde el corazón, les expresaba sus más profundos deseos y sus más nobles sentimientos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».

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Lo más importante

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Los fariseos estaban contentos. Sus rivales, los saduceos, habían querido dejar en ridículo a Jesús haciéndole una pregunta capciosa, pero él no había caído en la trampa. «Ya es hora de mostrarles a esos saduceos quiénes son los que valen aquí —dijo uno de los fariseos, maestro de la ley, a sus compañeros—. Ya veréis cómo Jesús no sabrá responder a la pregunta que le voy a plantear».

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Misión cumplida

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El apóstol Santiago, de rodillas y con todo el cuerpo maltrecho, escuchó a su verdugo desenvainar la espada. El corazón se le aceleró. El rey Herodes Agripa, que lo había mandado apresar, observaba al apóstol con desprecio. De improviso, Agripa soltó una carcajada malévola y dio la orden al verdugo: «¡Mátalo!»

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