¿Videntes o creyentes?

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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor… Hasta entonces, los discípulos no habían creído en lo que le habían dicho las mujeres: que Jesús había resucitado. Pero ahora, después de verlo, no podían dudar; allí estaban los signos inequívocos de que era Él: las manos agujereadas y el costado abierto por la lanza.

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El discípulo desconfiado

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Tomás admiraba a su Maestro. Más aún, lo amaba. Cuando en cierta ocasión Jesús dijo a sus discípulos que quería volver a Judea, algunos le reprocharon: «Hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?» (Juan 11, 8). Tomás, en cambio, fue valiente y exclamó: «Vayamos también nosotros y muramos con él» (Juan 11, 16). ¿No es gran signo de amor no abandonar a su Maestro y querer morir con Él? Leer Más