Corazón ardiente

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Cleofás y el otro discípulo llegan a Jerusalén con la noche ya muy avanzada. Van adonde saben que están los apóstoles y, para su sorpresa, los encuentran despiertos. El que les abre la puerta les dice con efusión: «¡Es verdad lo que decían las mujeres! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!».

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El misterio de nuestra fe

Cuánto más debería admirarnos el misterio de un Dios eterno, soberano y trascendente, que se acerca a nosotros para adentrarnos en su vida de conocimiento y amor. Él no es ni una energía impersonal ni una fuerza anónima del universo. El omnipotente y eterno, que ha creado todo lo que existe, se ha hecho inefablemente cercano. Esto es lo insondable de la Eucaristía.
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¡Eres tú!

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Cleofás y su amigo caminaban en dirección a Emaús. Andaban a paso lento, casi arrastrando los pies. Todavía les parecía un sueño, o más bien una pesadilla, lo que había pasado en Jerusalén. Habían crucificado a Jesús de Nazaret y así se había esfumado su esperanza. Cleofás, su amigo y muchos más pensaban que Jesús liberaría a Israel de la opresión política y de la hipocresía religiosa. Leer Más

Podemos

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La madre de Juan sollozaba. «Juan, hijo mío, mira lo que le han hecho al Maestro. ¿Podremos soportar este dolor?… Él acaba de suplicar al Padre que perdone a sus verdugos, pero, ¿podremos nosotros perdonarlos?». Leer Más

La generosidad de Jesús

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El día había sido agotador para los doce apóstoles. Jesús no paraba. En la mañana se había dedicado a curar a algunos enfermos que le habían presentado: con cada uno se tomaba el tiempo que le parecía necesario, los escuchaba y los invitaba a llevar una vida de cara a Dios. Después del medio día, el Maestro había comenzado a hablar sobre el Reino de Dios a una muchedumbre que se había reunido en torno a Él: eran más de cinco mil personas. El sol ya empezaba a esconderse y Jesús seguía predicando.

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Una despedida feliz

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Todas las despedidas tienen cierto tono de tristeza. Ya no se verá por un tiempo —breve, largo, o quizá más nunca— a la otra persona. Al despedirse, en el alma aparece la nostalgia y en los ojos, tal vez, las lágrimas… A menos de que uno no quiera a quien se va o de que a uno le convenga su partida, como aquel hombre que envío a su suegra a la casa de sus padres con el siguiente mensaje: «Espero que la reciban con la misma alegría con que yo la mando».

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