Hospitalidad

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Una de las virtudes que destaca la Sagrada Escritura es la hospitalidad. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos dan ejemplos de ello: Abraham acogió a los tres personajes misteriosos que se le aparecieron junto a la encina de Mambré (Génesis 18, 1-3); Marta y María recibieron a Jesucristo en su casa: En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa

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En las manos del Padre

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Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda... Vemos a Jesús, el Hijo de Dios, crucificado entre malechores, como si fuera un malechor más… ¡Con qué fuerza lo expresa San Pablo!: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Filipenses 2, 6-8).

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Amigos para la eternidad

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María se acercó a su hermana Marta, que tendía la ropa que acababa de lavar: «Marta, afuera hay un hombre que pregunta por ti». Marta la miró extrañada: «¿Quién será? Dile que espere». Se secó las manos y se dirigió a la puerta. Un hombre alto, con la piel morena por el sol, la saludó antes de que ella pudiera decirle algo: «Shalom! Vengo de parte de Jesús. Manda a decir que mañana llega con sus discípulos a tu casa». Leer Más