Pobreza de espíritu

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Dos hermanos disputan por una herencia. Uno de ellos le pide a Jesús que intervenga en el asunto: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Jesús, sin embargo, se rehusa a hacerlo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». El Maestro, más bien, aprovecha para enseñar sobre la pobreza espiritual: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

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Hospitalidad

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Una de las virtudes que destaca la Sagrada Escritura es la hospitalidad. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos dan ejemplos de ello: Abraham acogió a los tres personajes misteriosos que se le aparecieron junto a la encina de Mambré (Génesis 18, 1-3); Marta y María recibieron a Jesucristo en su casa: En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa

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La Ascensión del Señor

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Los once apóstoles se encontraban reunidos en torno a la mesa. A pesar de que algunas mujeres les aseguraban que Jesús había resucitado y que se les había aparecido, ellos no les creían. Entonces, se presentó Jesús en medio de ellos y les echó en cara su dureza de corazón, por no creer a quienes le habían visto.

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Misión cumplida

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El apóstol Santiago, de rodillas y con todo el cuerpo maltrecho, escuchó a su verdugo desenvainar la espada. El corazón se le aceleró. El rey Herodes Agripa, que lo había mandado apresar, observaba al apóstol con desprecio. De improviso, Agripa soltó una carcajada malévola y dio la orden al verdugo: «¡Mátalo!»

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Una buena noticia

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Mateo y Tomás entraron en la aldea. Las risotadas de cuatro hombres, sentados al frente del portal de una casa, se robaron su atención. Mateó se rascó la mejilla: ¿sería buena idea dirigirse a ellos? ¿Los escucharían? «Vamos —dijo Tomás con decisión—. Jesús nos ha mandado a anunciar su Palabra a todos».

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Sal y luz

Mar y sol

Los discípulos escuchaban impresionados a Jesús. El Maestro, sentado en la ladera del monte, acababa de pronunciar unas sentencias sorprendentes: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados… Alégrense cuando los persigan, porque su recompensa será grande en los Cielos». ¿Qué clase de enseñanza era esta? ¿Cómo era posible que les exhortara a regocijarse cuando sufrieran persecución por su nombre? ¿Qué esperaba el rabí Jesús de ellos? Leer Más