Talante misionero

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Jesús llamó a los doce apóstoles, los reunió en torno a Él y les dijo: «Habéis visto como he ido predicando el Reino de Dios y la conversión en los distintos pueblos. Ahora os envío a vosotros, de dos en dos, para que hagáis lo mismo. No tengáis miedo, ni siquiera a los espíritus inmundos: os doy autoridad sobre ellos».

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Alimento de vida eterna

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Los discípulos le preguntaron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?». Jesús no respondió al instante. Sabía que se trataba de la última cena que compartiría con sus discípulos. Ellos, en cambio, ni se imaginaban el contraste entre la tranquilidad de Betania —aldea en la que se encontraban en aquel momento— y los acontecimientos turbulentos que vivirían al día siguiente en Jerusalén.

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El misterio de nuestra fe

Cuánto más debería admirarnos el misterio de un Dios eterno, soberano y trascendente, que se acerca a nosotros para adentrarnos en su vida de conocimiento y amor. Él no es ni una energía impersonal ni una fuerza anónima del universo. El omnipotente y eterno, que ha creado todo lo que existe, se ha hecho inefablemente cercano. Esto es lo insondable de la Eucaristía.
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Dídimo

Las mujeres irrumpieron en la habitación donde se escondían los apóstoles: «¡La paz sea con vosotros! ¡Alegraos: el Señor ha resucitado!». Tras el sobresalto, Tomás, uno de los apóstoles, viendo que ninguno se pronunciaba, dijo a las mujeres: «No, no, no… El dolor os hace ver alucinaciones». Leer Más

Esperanza

El anciano Simeón vio a la joven pareja entrar en el Templo de Jerusalén. El hombre llevaba una jaula con un par de tortolitas; la mujer cargaba en sus brazos a un pequeñín de cuarenta días de nacido. «Debe ser su primogénito —pensó Simeón— y lo vendrán a…». Una voz interior interrumpió los pensamientos del anciano: «El niño. Es Él, el Cristo del Señor». Leer Más

Matrimonio en peligro

San José y la Virgen María

José despertó con una sonrisa en los labios: aquel día vería a María. Llevaban ya casi un año desposados: según las costumbres judías, cuando un hombre y una mujer se querían casar, primero tenían lugar los desposorios, en los que se definía un compromiso de unión matrimonial, pero cada uno seguía viviendo en su casa. Después de un año se celebraba el matrimonio y la mujer era conducida a la casa de su esposo. Por eso, la sonrisa de José obedecía a dos motivos: por una parte, estaba feliz de ver a María y, por otra, sabía que estaba ya cerca el día de su matrimonio. Leer Más

Siervos inútiles

Siervos inútiles

Los apóstoles habían escuchado muchas veces cómo Jesús alababa la fe de algunas personas: la del centurión —«Os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande» (Mateo 8, 10)—; la de la hemorroísa —«Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado» (Mateo 9, 22)—; la de la mujer cananea: «¡Mujer, qué grande es tu fe!» (Mateo 15, 28). Tantas personas creían plenamente en su Maestro, pero ellos, los apóstoles, los más cercanos, notaban que todavía les faltaba confianza. Leer Más