La señal auténtica

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Ana entró en la casa de su amiga Lourdes. Se encontró, justo enfrente, con una pared de la que colgaba un cuadro de la Virgen de Guadalupe y, al lado, un crucifijo de madera hermosísimo. Entonces preguntó a su amiga: «Tu familia es muy católica, ¿verdad?». «Espera y te muestro», le contestó Lourdes. «¿Qué me vas a mostrar? Ya con el cuadro y la cruz me basta para saberlo». «Eso no basta», replicó seriamente Lourdes. Leer Más

Amar al estilo de Jesús

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Se oyeron varios disparos. Dos de ellos lo alcanzaron en el vientre: Juan Pablo II sangraba a borbotones. Rápidamente, se llevaron al Pontífice para el hospital. Mientras tanto, varias personas impedían que el autor de los disparos —Mehmet Ali Agca— escapara. Lo capturaron. A él le daba igual, había cumplido su misión: asesinar al Papa. Leer Más

¿Te atreves a amar para siempre?

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Se nota a leguas: Joaquín y María están enamorados. Enamoradísimos. El brillo de sus ojos los delata. Están uno frente al otro, delante del altar. El sacerdote le pregunta a Joaquín: «¿Aceptas a María por esposa? ¿Prometes amarla y respetarla todos los días de tu vida?». Joaquín mira a María y repite para sus adentros: «Todos los días de mi vida…». ¿Será capaz Joaquín? ¿Aceptará? Leer Más

Entre mediocres y perfeccionistas

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En cierta ocasión, después de que Jesús sanó a un sordomudo, la gente exclamó: «Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Marcos 7, 37). Todo lo ha hecho bien… Qué bella forma de reconocer que Jesús es Dios. Si recordamos el relato de la Creación, Dios hizo todo bien. «Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno» (Génesis 1, 31). Leer Más

Los que verán a Dios

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Desde pequeños nos han enseñado que Dios es invisible: no lo podemos ver porque es espiritual y no material. Es verdad que hace dos mil años se encarnó, se hizo carne —Jesucristo es Dios hecho hombre— pero poco tiempo después de resucitar, subió a los Cielos. A unas cuantas personas se les ha aparecido, pero somos muchos los que no tenemos ese privilegio.

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El secreto para nunca rendirse

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Cuando Jesús comenzó a predicar, sus seguidores se podían contar con los dedos de las manos. Poco a poco, sin embargo, más gente se fue reuniendo en torno a Él. Tan grande llegó a ser la multitud que lo seguía que da la sensación —cuando uno lee la Biblia— que casi lo aplastaban (lee, por ejemplo, Marcos 5, 31 o Lucas 5, 1-3). Leer Más