Las lágrimas de Dios

Resurrección de Lázaro

El mensajero fue corriendo hasta Jesús, que hablaba a sus discípulos, y le interrumpió sin miramientos: «Señor, vengo de Betania, de parte de Marta y María. Su hermano Lázaro, tu amigo, está muy enfermo. Se muere». Jesús, apacible, le respondió: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios. Tranquilo: gracias por avisarme». Pidió entonces a Judas que le diera dinero al mensajero para que comprara algo de comer. Leer Más

Felicidad en juego

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Los discípulos habían oído la parábola de Jesús. El Maestro no podía ser más claro: no debían poner su confianza en los bienes materiales. Ellos comprendían, pero a la vez se interrogaban preocupados: «Y si falta la comida, ¿qué? ¿Y la salud? ¿Y un techo para resguardarse?». Sin embargo, ninguno se atrevía a expresar sus inquietudes. Leer Más

Una despedida feliz

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Todas las despedidas tienen cierto tono de tristeza. Ya no se verá por un tiempo —breve, largo, o quizá más nunca— a la otra persona. Al despedirse, en el alma aparece la nostalgia y en los ojos, tal vez, las lágrimas… A menos de que uno no quiera a quien se va o de que a uno le convenga su partida, como aquel hombre que envío a su suegra a la casa de sus padres con el siguiente mensaje: «Espero que la reciban con la misma alegría con que yo la mando».

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Jesús nunca abandona

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Los discípulos notaban que aquella noche no era como las demás. Jesús había tenido un tremendo gesto de humildad: el Maestro les había lavado los pies a cada uno. Y ahora, por sus palabras, parecía que se despedía, que se iba, pero ellos no comprendían muy bien a qué hacía referencia. Pedro se atrevió a preguntar: «Señor, ¿adonde vas?» (Juan 13, 36).

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