Un encuentro definitivo

Andrés corre emocionado. Unas cuantas horas le han bastado para convencerse de que aquel hombre, Jesús de Nazaret, es el Mesías. De repente, alguien se le atraviesa en el camino y Andrés no consigue frenar… caen los dos. Por suerte, es su hermano. Sin gastar tiempo en disculpas, Andrés exclama: «¡Simón, hemos encontrado al Mesías!».

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Fuente de vida eterna

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Juan no lo podía negar: la gente estaba muy entusiasmada con él. Algunos afirmaban incluso que él era el Mesías esperado. Por eso, Juan se vio en la necesidad de aclarar la situación: «Yo no soy el Mesías. Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo».

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Un regalo significativo

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María los miraba asombrada. Tres hombres ricamente ataviados, que decían ser Magos de Oriente, estaban a la puerta. Le aseguraban que habían visto aparecer en el cielo la estrella del Rey de los Judíos. «Llegamos a Jerusalén —contaba uno de ellos— pensando que estaría allí, pero Herodes nos dijo que viniéramos a Belén. Al emprender el camino, la estrella que vimos en Oriente reapareció en el firmamento y nos condujo hasta aquí».

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La luz de la fe

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Un grupo de gentiles se agrupaba en torno al anciano apóstol Juan. Desde muy joven, Juan había seguido a Jesucristo y, cuando Él subió a los Cielos, dedicó todas sus fuerzas para cumplir con la doble misión que le había encargado el Señor: cuidar a su Madre, la Virgen María, y anunciar el Evangelio a toda la creación.

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