Todo cristiano está llamado a la perfección. Es un mandato del mismo Jesucristo: «Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5, 48). Aspirar a la perfección, por tanto, no tiene nada de malo. Lo malo puede estar, eso sí, en la manera de aspirar a ella.

El fariseo y el publicano, James Tissot, 1886-1894 (Brooklyn Museum).

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás… De alguna manera, estas palabras señalan dos vicios a la hora de aspirar a la perfección.

El primero consiste en procurar la perfección por las propias fuerzas («se confiaban en sí mismos por considerarse justos»), olvidándose de que la perfección —la santidad— es ante todo un don de Dios. Así aparece el llamado «perfeccionismo»: se busca la propia perfección de forma ansiosa, pensando más en la propia gloria que en la gloria de Dios. Entonces se termina viviendo en la mundanidad espiritual.

La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos: «¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os glorificáis unos a otros y no os preocupáis por la gloria que sólo viene de Dios?» (Jn 5,44). Es un modo sutil de buscar «sus propios intereses y no los de Cristo Jesús» (Flp 2,21). […]. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto.

Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 93

El perfeccionista vive de la apariencia. Por eso, no se debe olvidar que «el Señor es juez, y para él no cuenta el prestigio de las personas» (Sirácida 35, 12). El cristiano no aspira a la santidad para ser alabado por los demás, sino para dar gloria al Dios tres veces santo: «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren» (Salmo 33, 2-3).  

El segundo vicio en el que se puede caer a la hora de aspirar a la perfección es el desprecio de los demás. Se observa claramente en las palabras del fariseo de la parábola: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón.

Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 97

Aspirar a la perfección no consiste, pues, en opacar a los demás para sobresalir uno mismo. Por el contrario, el primer paso en el camino de la santidad se da mediante el reconocimiento de los propios pecados y miserias. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

«Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación» (2 Corintios 5, 19). Aspirar a la perfección es vivir reconciliado con Cristo y en Cristo, con la conciencia clara de que en Él es nuestra perfección y salvación.

LECTURAS DEL XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Leer

Primera lecturaEclesiástico 35, 12-14. 16-19a
SalmoSalmo 34 (33)
Segunda lectura2 Timoteo 4, 6-8. 16-18
EvangelioLucas 18, 9-14

PREGUNTAS PARA MEDITAR Y ORAR

1. ¿Aspiro a la perfección? ¿Deseo con todas mis fuerzas ser santo como Dios es santo?

2. ¿Me dejo llevar por el perfeccionismo? ¿Sé reconocer mis pecados y pedir perdón por ellos en la confesión?

3. ¿Desprecio a los demás por su forma de ser o actuar? ¿Oro por mi prójimo?

2 comentarios en “Perfección

  1. Señor, gracias por darme la claridad espiritual para reconocer que soy muy pecadora, y como el publicano, te pido perdón 🙏 y mucha Misericordia por mí y por el mundo 🌏 entero.

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