«Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores…» (1 Timoteo 1, 15). ¡Con qué seguridad le indica San Pablo a Timoteo cuál fue la misión de Jesucristo! No es un invento de San Pablo; el Señor lo afirma explícitamente: «No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar el mundo» (Juan 12, 47).

El Salvador, José de Ribera, c. 1630 (Museo del Prado)

El Evangelio de Jesucristo es un mensaje de salvación. Precisamente por eso es una «Buena Nueva». La buena noticia es que Dios se complace en salvar y, de hecho, salva al hombre del pecado. La alegría por la salvación del hombre queda de manifiesto en el final de las tres parábolas de la misericordia.

La parábola de la oveja perdida y encontrada termina así: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».

De forma similar acaba la parábola de la moneda perdida y encontrada: «La misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Y al final de la parábola del hijo pródigo, el padre misericordioso le dice a su hijo mayor: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado».

Lastimosamente, la salvación de Dios no siempre es bien acogida. Algunos rechazan la salvación de Dios porque piensan que no necesitan salvación. Otros la rechazan, pero no porque piensen que no necesitan salvación, sino porque se empeñan en salvarse a sí mismos con sus propias fuerzas. Por último, hay quienes no rechazan la salvación de Dios, pero tampoco se convierten: se trata de quienes creen que como Dios salva y perdona, entonces se pueden comportar como les dé la gana, sin necesidad de conversión.

Dios es siempre fiel y mantiene siempre su promesa de salvación. Por eso, Moisés es capaz de interceder por el pueblo: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta?». Si se acude a Él suplicando perdón, Dios no se cansa de concederlo.

Pero también es verdad que la infinita misericordia de Dios no legitima la mala conducta del hombre: todo lo contrario, la misericordia de Dios implica la conversión, un cambio de vida. De ahí las palabras del salmo 50:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Mi sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias.
 

La parábola del padre misericordioso y del hijo pródigo refleja, precisamente, estas dos realidades: el perdón sin fin de Dios y el arrepentimiento y conversión del hombre caído. Salvación y conversión son, en definitiva, dos caras de una misma moneda.

LECTURAS DEL XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Leer

Primera lecturaÉxodo 32, 7-11. 13-14
SalmoSalmo 51 (50)
Segunda lectura1 Timoteo 1, 12-17
EvangelioLucas 15, 1-32

PREGUNTAS PARA MEDITAR Y ORAR

1. ¿He comprendido y experimentado que el Evangelio es un mensaje de salvación?

2. ¿Estoy acogiendo con el corazón abierto la salvación de Dios?

3. ¿En qué aspectos de mi vida necesito con más urgencia la conversión?

Un comentario en “Salvación

  1. Gracias Padre Santo por ser tan Misericordioso con nosotros, porque a pesar de nuestro pecado, por muy grande que sea, siempre tienes abiertas las puertas de tu infinita Misericordia para con el ser humano, tus hijos, cuando nos arrepentimos y volvemos a ti como nuestro Padre.

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