Durante la última cena, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió…».

La Última Cena, Ugolino da Siena, c. 1325-1330 (The Metropolitan Museum of Art)

I. Los amigos de Jesucristo

El vínculo que Jesucristo quiere establecer con sus discípulos va mucho más allá de la relación maestro-aprendiz. Él quiere ser amigo: «A vosotros os he llamado amigos» (Juan 15, 15). Jesús quiere amar y ser amado. Y su criterio para saber quién le ama de verdad es sencillo: «El que me ama guardará mi palabra; el que no me ama no guarda mis palabras».

Los amigos de Jesucristo se caracterizan por conservar con amor y fidelidad su Palabra. No suprimen nada de ella ni tampoco le añaden: no licúan sus exigencias, pero tampoco la convierten en una carga insoportable. Los amigos de Jesús se impregnan tanto del Evangelio que sus pensamientos, sentimientos, palabras y obras se llegan a identificar con los pensamientos, sentimientos, palabras y obras de Cristo, hasta tal punto que pueden llegar a decir con San Pablo: «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20).

II. Una labor interior

Se equivocaría tristemente quien pensara que identificarse con Cristo consiste en una labor «externa». No solamente porque no se trata, evidentemente, de imitarlo en su apariencia física, sino porque las personas nunca cambian «desde fuera». A lo sumo, desde fuera se consigue «maquillar», pero cambiar no.

Los cambios auténticos y duraderos siempre inician «desde dentro», en la intimidad del corazón de los hombres. Y allí solamente puede actuar el Espíritu Santo de Dios: «Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho». Sin el Espíritu Santo, no se puede ser un verdadero amigo de Jesucristo.

III. «Me voy y vuelvo a vuestro lado»

Una sutil perversión del amor de amistad sucede cuando en vez de ayudar a mi amigo a alcanzar su bien, mi egoísmo se sitúa en el lugar de ese bien. Por eso, un buen amigo sabe cuándo conviene «hacerse a un lado» sin dejar de estar presente. Y eso, lejos de dinamitar la amistad, la hace más profunda y le amplía sus horizontes. Qué paz da saber que uno siempre cuenta con sus amigos —¡que siempre estarán allí a tu lado!—, aun cuando parece que no están presentes.

Esa es, precisamente, la paz de la que habló Jesús a sus discípulos y la paz que les dejó en herencia: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».

LECTURAS DEL VI DOMINGO DE PASCUA

Leer

Primera lecturaHechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29
SalmoSalmo 67 (66)
Segunda lecturaApocalipsis 21, 10-14. 22-23
EvangelioJuan 14, 23-29

PREGUNTAS PARA MEDITAR Y ORAR

1. ¿Conservo la Palabra de Jesucristo? ¿Tengo su modo de pensar, de sentir, de hablar y de obrar?

2. ¿Soy dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo?

3. ¿Construyo amistades sólidas y de horizontes amplios?

2 comentarios en “Amigos

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s