En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba… Todas las palabras y obras de Jesús tenían su raíz en la oración. El Señor, que oraba en todo momento, dedicaba tiempos exclusivos de soledad y silencio para hablar con su Padre. De este modo sostenía su misión entre los hombres.

Cristo y la mujer adúltera, Domenico Morelli, 1869 (Museo del Prado)

Precisamente por esto, ni siquiera las trampas de sus adversarios descolocaban a Jesús. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Si Jesús respondía que no apedrearan a aquella mujer, lo acusarían de contradecir la Ley de Moisés. Si, en cambio, respondía que sí, quedaría de manifiesto que Jesús era simplemente un maestro más, inferior a la Ley de Moisés y que se sometía a ella. ¿De qué modo saldría de aquel aprieto?

En ningún momento, el Señor perdió su calma. Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Comenta San Agustín: «Mirad que respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría!». Jesús no dice: «No cumpláis la Ley». Pero, a la vez, insinúa: «Aplique la Ley quien no esté acusado por ella; es decir, quien no es inferior a ella, sino Superior».

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

«Tampoco yo te condeno…». Yo, que podría condenarte porque soy Dios, el autor de la Ley, no te condeno. Yo he venido a salvar, no a condenar. Por eso, te digo: «Anda, y en adelante no peques más». Porque yo, ciertamente, no te condenaré, pero si tú te empeñas en el pecado, serás tú misma quien te condenarás.

LECTURAS DEL V DOMINGO DE CUARESMA

Leer

Primera lecturaIsaías 43, 16–21
SalmoSalmo 126 (125)
Segunda lecturaFilipenses 3, 8-14
EvangelioJuan 8, 1-11

PREGUNTAS PARA MEDITAR Y ORAR

1. ¿Dedico tiempos exclusivos de soledad y silencio para hablar con mi Padre Dios?

2. ¿Cómo reacciono ante las contrariedades? ¿Vivo tranquilo, abandonado en las manos de mi Padre?

3. ¿Cómo miro a mi prójimo? ¿Lo juzgo? ¿Lo ayudo?

2 comentarios en “Sabia respuesta

  1. Señor Jesús, mi Señor y mi Dios, cómo no vas dar tan sabia respuesta a tan semejantes pecadores como yo , ante esa pregunta tan maliciosa? Tú, que eres Dios y que conoces la maldad de nuestro corazón ❤, nos das una tremenda LECCIÓN DE TU GRAN AMOR Y MISERICORDIA, que tienes para cada uno de nosotros. Igualmente debemos hacer con nuestro prójimo. No estamos en condiciones de juzgar, ni de condenar a nadie, porque todos somos pecadores. Solo tú puedes y tienes Autoridad y Moral para juzgarnos, porque ERES DIOS. Perdónanos Señor 🙏, por creernos muchas veces más que Tú, mi Dios.

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    1. Señor sin ti nada soy.
      Te amo mi Dios ayudame a no juzgar a mi hermano, que lo pueda en tender para que los dos alcancemos la vida eterna.

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