En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos... Jesús, siempre dispuesto a acoger a quien lo necesitara, procura pasar desapercibido en esta ocasión. No huye de la multitud ni por egoísmo ni por comodidad, sino porque la labor que le ocupa es de suma importancia y requiere toda su atención: la formación de sus discípulos.

Jesucristo lavando los pies a San Pedro, Antonio Arias Fernández, 1657 (Museo del Prado)

El Maestro sabía que a los discípulos les costaría asimilar su enseñanza. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará». Jesús los preparaba para el misterio de la Cruz, pero ellos no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle. ¡Qué miedo da, cuando falta fe, la simple intuición de que los planes de Dios discurrirán por vías distintas a las pensadas por nosotros!

En efecto, los discípulos, aunque se habían decidido a seguir al Señor con buenas intenciones, todavía se movían por ambiciones humanas. Jesús, que no lo ignoraba, quiso hacerlos conscientes de ello al llegar a Cafarnaún. Una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.

¿Cómo se puede entender y, más aún, abrazar el misterio de la Cruz cuando se desea sobresalir a costa de los demás? Jesús se sentó —con la actitud de quien va a decir algo de muchísima trascedencia—, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». El Maestro les presentaba, en una sencilla sentencia, las exigencias del Evangelio en toda su plenitud: quien quiera ser el más importante no tiene otro camino que el del servicio abnegado y generoso.

El buen discípulo no busca glorias humanas, sino la gloria de Dios. Por eso, sirve sin esperar a cambio reconocimientos o gratitudes; sirve incluso a aquellos que no pueden recompensarlo. Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

LECTURAS DEL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Leer

Primera lecturaSabiduría 2, 12. 17-20
SalmoSalmo 54 (53)
Segunda lecturaSantiago 3,16 – 4,3
EvangelioMarcos 9, 30-37

PREGUNTAS PARA MEDITAR Y ORAR

1. ¿Dedico tiempo a formarme en la fe? ¿De qué manera?

2. ¿Tengo miedo a los planes de Dios?

3. ¿Cómo puedo servir mejor a quienes me rodean? ¿Me enfado cuando no reconocen mis buenas acciones?

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