Al saber que sanaba a los enfermos, una gran multitud comenzó a seguir a Jesús. Todo obstáculo se hacía pequeño con tal de poder llegar hasta el Maestro y pedirle una curación: si había que cruzar el lago, se cruzaba; si había que subir una montaña, se subía.

Multiplicación de los panes y los peces, Francisco Herrera el Viejo, Siglo XVI o xVII (Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Aquel día, precisamente, Jesús había atravesado con sus discípulos el lago de Galilea y había subido a la montaña. A lo lejos, vio que venía la multitud hacia ellos. Sabía que muchos se habían incluso privado de comer para poder llegar hasta donde Él. Entonces, le preguntó a Felipe, el discípulo que tenía más cerca: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?».

La pregunta cogió desprevenido a Felipe. Rápidamente, miró hacia Judas, que era quien llevaba la bolsa. Este le hizo señas para comunicarle que tenían doscientos denarios. Felipe respondió entonces: «Maestro, tenemos doscientos denarios. Pero esto no basta para que a cada uno le toque un pedazo».

Jesús se quedó callado y se hizo un silencio incómodo. Felipe no sabía si debía decir algo más. Andrés (el hermano de Simón Pedro), que era muy amigo suyo, intentó romper la tensión que se había generado y comentó: «Maestro, aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?». De algún modo, quería apoyar a su amigo dando a entender que realmente tenían pocos medios para saciar a la multitud.

La mirada de Jesús se fijó en el muchacho de los cinco panes y los dos peces. Le pidió que se acercara y le agradeció haber ofrecido lo poco que tenía. Luego, ordenó a sus discípulos: «Decid a la gente que se siente en el suelo.» Entonces, Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Los discípulos no salían de su asombro. De aquellos pocos panes y peces, Jesús había dado de comer a miles de personas, y no solo eso; habían hasta sobrado doce canastas llenas de pan.

La noticia del milagro se regó rápidamente entre la multitud. No faltaron quienes se acordaron de la multiplicación de los panes hecha por el profeta Eliseo. Varios comenzaron a exclamar: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo». Jesús, sabiendo que quería llevárselo para proclamarlo rey, se retiró a la montaña él solo.

Lecturas del XVII DOmingo del Tiempo Ordinario

Leer

Primera lectura2 Reyes 4,42-44
SalmoSalmo 145 (144)
Segunda lecturaEfesios 4, 1-6
EvangelioJuan 6,1-15

Ecos de la Palabra de Dios

«… habían visto los signos que
hacía con los enfermos»
Marcos 1, 32-34 (leer).
Felipe y AndrésJuan 12, 20-22 (leer).
«Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió»Lucas 22, 19 (leer).

Preguntas para meditar y orar

1. ¿Qué dificultades y obstáculos se me presentan para seguir a Jesús? ¿Los supero con audacia?

2. ¿Dejo que el Señor me interpele en la oración? ¿Soy dócil al Espíritu Santo? ¿Tengo dirección o acompañamiento espiritual?

3. ¿Me dejo llevar por el afán de protagonismo? ¿Sirvo sin esperar reconocimientos y honores?

2 comentarios en “El verdadero Profeta

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