Jesús les dijo a los fariseos: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; en cambio, el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas».

El Buen Pastor, James Tissot, 1886-1894 (Brooklyn Museum)

Los fariseos captaron enseguida que eran ellos los asalariados de la parábola. Se trataba de una acusación fuerte. Jesús les echaba en cara su desidia frente a los demás.

El Señor repitió: «Yo soy el buen Pastor, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; Yo doy mi vida por las ovejas». Al asalariado no le importan las ovejas ni se esfuerza por conocerlas; el Buen Pastor, en cambio, se preocupa por cada una. Cada oveja recibe un trato especial de su parte, Jesús trata a cada una como su Padre celestial lo trata a Él. Si el Padre da todo al Hijo, el Hijo también da todo —su vida entera— a cada oveja.

Jesús, además, no se desentiende de nadie: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor». El asalariado mezquino olvida las ovejas del redil que se le ha confiado. El Buen Pastor, en cambio, tiene intereses amplios; no se limita a un pequeño grupo de ovejas, sino que piensa en todas: en las que están en otro redil, en las enfermas, en las extraviadas…

La generosidad del Buen Pastor le nace de dentro. No obra coaccionado ni tampoco pensando en el qué dirán. Obra porque quiere, obra libremente, obra abandonado en las manos de su Padre: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que Yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

Apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón

Primera Carta del Apóstol San Pedro 5, 2

Lecturas del IV Domingo de pascua

Leer

Primera lecturaHechos de los Apóstoles 4, 8-12
SalmoSalmo 118 (117)
Segunda lectura1 Juan 3, 1-2
EvangelioJuan 10, 11-18

Ecos de la Palabra de Dios

Ezequiel 34, 1-31 (leer).

Jeremías 23, 1-4 (leer).

Miqueas 2, 12-13 (leer).

Preguntas para meditar y orar

1. ¿Me preocupo por los demás? ¿De qué modo ayudo a mis familiares, amigos y personas cercanas con sus necesidades materiales y espirituales?

2. ¿Arde mi corazón por anunciar el Evangelio a los demás?

3. ¿Rezo por la santidad de los sacerdotes? ¿Pido por las vocaciones?

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