Son más o menos las nueve de la mañana. Acaban de crucificar a Jesús. Sobre su cabeza, coronada de espinas, se puede leer un letrero en el que figura la causa de su condena: «El Rey de los judíos». A cada lado, para humillarlo más, han crucificado a dos bandidos.

La confesión de San Longino, James Tissot, 1894 (Brooklyn Museum)

Algunas personas pasan frente a Jesús y lo insultan. Meneando la cabeza, lo retan: «Tú que supuestamente destruyes el Templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz». De igual modo, los sumos sacerdotes comentan entre carcajadas burlonas: «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos». Incluso, uno de los bandidos crucificados lo insulta, lanzándole imprecaciones y maldiciones.

Al llegar el mediodía, toda la región queda en tinieblas. Los cuerpos desnudos de los crucificados empiezan a tiritar de frío. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclama en arameo, la lengua que había aprendido de sus padres: «Eloí Eloí, lemá sabaqtaní?» (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Algunos de los que lo oyen saben que está rezando con uno de los salmos. Sin embargo, en vez de conmoverse, se llenan de más rabia aún y lo ridiculizan diciendo: «Mirad cómo llama a Elías», sabiendo que en realidad se dirigía a Dios.

Uno de los presentes echa a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujeta a una caña, y le da de beber a Jesús, mientras dice a los otros con sorna: «Dejadlo. A ver si viene Elías a bajarlo». Las risotadas infernales invaden el Calvario. Pero Jesús, dando un fuerte grito, las acalla y, cuando se ha hecho el silencio, expira.

En este momento, el velo del Templo de Jerusalén se rasga en dos, de arriba abajo. La oblación de Jesús ha destruido la separación entre Dios y los hombres; ya todos —judíos y gentiles— podrán gozar de la comunión con Dios por medio de la fe. De hecho, el centurión que estaba enfrente de Jesús crucificado, al ver cómo ha expirado, dice: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

Tu cruz es ahora fuente de todas las bendiciones y origen de todas las gracias: por ella, los creyentes encuentran fuerza en la debilidad, gloria en el oprobio, vida en la misma muerte.

San León Magno

Lecturas del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Leer

Evangelio: Marcos 14, 1 – 15, 47.

  • El texto de la narración se basa en Marcos 15, 25-39 (leer).

Primera lectura: Isaías 50, 4-7. No escondí el rostro ante ultrajes

Salmo 22 (21), 8-9. 17-20. 23-24. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Segunda lectura: Filipenses 2, 6-11. Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo

Evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén: Marcos 11, 1-10 (leer).

Ecos de la Palabra de Dios

Isaías 53, 12 (leer).

2 Corintios 8, 9 (leer).

Preguntas para meditar y orar

1. ¿De qué manera pienso acompañar a Jesús durante la Semana Santa?

2. ¿Cuál es mi actitud ante la Cruz de Jesús?

3. ¿Vivo con humildad las contrariedades? ¿Me desespero con facilidad?

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