María los miraba asombrada. Tres hombres ricamente ataviados, que decían ser Magos de Oriente, estaban a la puerta. Le aseguraban que habían visto aparecer en el cielo la estrella del Rey de los Judíos. «Llegamos a Jerusalén —contaba uno de ellos— pensando que estaría allí, pero Herodes nos dijo que viniéramos a Belén. Al emprender el camino, la estrella que vimos en Oriente reapareció en el firmamento y nos condujo hasta aquí».

Adoración de los Reyes Magos, Mateo Gilarte, 1651 (Museo del Prado)

En el fondo se escuchó el llanto de un bebé. Baltasar, uno de los Magos, ingresó atrevidamente en la casa, sin siquiera pedir permiso, y se postró ante el Niño. Los otros dos, Gaspar y Melchor, tras una venia a María, también entraron y llevaron sus frentes hasta el suelo. La Virgen escuchaba cómo los Magos oraban en su lengua. Ella, en su interior, repetía las palabras que había dicho ante su pariente Isabel: «Proclama mi alma la grandeza del Señor… Su nombre es Santo y su misericordia llega a quienes lo temen de generación en generación».

Los Magos se pusieron de pie. «Espérenos un momento», dijeron a María. Fueron a sus camellos y desmontaron varios cofres. En ese instante llegó José, el esposo de María, sorprendido por la presencia de los tres personajes. Antes de que pudiese preguntar quiénes eran, escuchó la voz de su esposa: «José, ayúdalos. Son Magos de Oriente que han venido a adorar al Niño».

Tras entrar en la casa nuevamente, los Magos se postraron por segunda vez ante Jesús. Luego, abrieron uno de los cofres: estaba repleto de monedas de oro. Habló Melchor: «Oro para el Rey de los judíos y Rey del Universo. Sea bendito y alabado el Dueño de toda la creación».

Abrieron el segundo cofre: incienso amarillento y rojizo. Habló Gaspar: «Incienso para el Hijo de Dios. Que se apiade de nosotros y escuche nuestras suplicas». José se estremeció y rogó en su corazón: «Señor, ayúdame a custodiar a tu Hijo».

Antes de abrir el último cofre, Baltasar miró a María a los ojos. Ella miró a su hijo y se le escaparon un par de lágrimas. El Mago abrió entonces el cofre y, con voz quebrada, dijo: «Mirra para el Hijo del Hombre, varón de dolores, que salvará a su pueblo de sus pecados».

Antes de marcharse, los Magos se postraron por tercera y última vez ante el Niño Jesús: a los pies de la cuna dejaron los regalos más significativos de la historia.

texto del evangelio

Mateo 2, 1-12 (leer).

Lecturas de la Misa de la Epifanía del Señor

Primera lectura: Isaías 60, 1-6 (leer).

Salmo 72 (71), 1-2. 7-8. 10-13 (leer).

Segunda lectura: Efesios 3, 2-3. 5-6 (leer).

Otras citas bíblicas para meditar

Juan 3, 16 (leer).

Levítico 24, 7 (leer).

Juan 19, 39-40 (leer).

Preguntas para orar

1. ¿Cómo he vivido esta Navidad? ¿Me he postrado en adoración ante el Niño Jesús?

2. ¿Qué regalos puedo hacerle a Dios?

3. ¿Le doy gracias a Dios por el gran don que me hizo al darme la fe?

Un comentario en “Un regalo significativo

  1. Señor mío y Dios mío ante ti me postró y te adoró y reconozco como rey universal.
    Quédate con mi familia Jesús y toda las familias del mundo.

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