Por las palabras de san Pablo (Rm 13, 8-10) y del Señor (Mt 22, 40) sabemos que el resumen de la Ley de Dios se encuentra en el doble mandamiento de la caridad: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esta es la cumbre de la vida según el Evangelio y el camino de la Bienaventuranza. Pero tal meta, vivida en perfección, supera las fuerzas del hombre; sólo es posible de alcanzar como fruto de un don de Dios, quien nunca cesa de sanar, curar y transformar el corazón por medio de la gracia.

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Michelangelo, La creación de Adán (detalle)

El pecado ha desordenado nuestras relaciones. La caída de nuestros primeros padres, Adán y Eva, ocasionó la ruptura del vínculo de la humanidad con Dios, quien es la fuente de la verdad, del bien y del amor.

Tal fractura provocó el desorden de todas las demás relaciones: del hombre consigo mismo, con los demás y con el cosmos. Además de las consecuencias de este pecado original, nuestros pecados personales también contribuyen a aumentar el desorden, introduciendo en nosotros inclinaciones trastornadas que nos orientan hacia determinados vicios.

La gracia de Dios, fruto del misterio pascual de Cristo, sana estas rupturas y unge las heridas que quedan tras nuestros extravíos. Cristo no solo es para nosotros un buen ejemplo, o un maestro que transmite verdades muy profundas. Él nos comunica una nueva vida y un nuevo motor para amar. Ese motor es el amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones y que conocemos con el nombre de caridad.

Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado.”

Rm 5, 5.

La caridad es en esencia una participación en la comunión de vida que tienen desde toda la eternidad el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta participación conlleva la sanación de todas nuestras relaciones, y nos capacita para amar todo lo que Dios ama, así como para amarlo como Dios lo ama.

Como el único camino para alcanzar la vida íntima de la Trinidad es Jesucristo, la caridad implica necesariamente una amistad con Él. La medida de esta unión de amistad marcará la profundidad con la que podremos amar a los demás. Por esto, cuanto mayor sea nuestra comunión con Cristo, tanto mayor lo será con nuestros hermanos. Él ampliará nuestro amor de tal manera que podremos incluso llegar a amar a  aquellos que nos persiguen o nos odian. Tal amor se ha hecho visible de forma excelsa en los mártires.

El Espíritu Santo nos inserta en la comunión trinitaria y nos hace a la vez fermento de comunión en las situaciones concretas en que se desarrolla nuestra vida. Por eso, la caridad, si es verdadera, no nos encierra en un intimismo cuya única finalidad sea nuestra comunión individual con Dios. El grado de nuestro amor a Dios se manifestará de forma palpable en nuestro amor a los hermanos, sobretodo con aquellos sufren.

Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad

1 Jn 3, 11. 17-18

Pero no debemos engañarnos. Un amor a los hermanos que pretenda prescindir del amor a Dios, y de la relación personal con Cristo, acabará tarde o temprano desembocando en el egoísmo, o simplemente no alcanzando el grado de donación en totalidad al que nos permite llegar la caridad. En la medida de nuestra unión con Él, Cristo nos permite amar a los demás como Él amó.

Muchos han dicho tantas cosas sobre el amor, pero, después de haberlo buscado, solo lo encuentro entre los discípulos de Cristo, porque solo ellos tienen como maestro del amor al mismo amor verdadero […]. Porque quien ha encontrado el amor, ha encontrado a Dios mismo, porque Dios es amor”

San Máximo el Confesor, Capita de carita, IV, 100.

Con frecuencia aquello que nos mueve en la vida es el deseo de no sufrir. Este deseo acaba convirtiendo nuestras decisiones en actos egoístas, que nos impiden realizar pequeños o grandes sacrificios por amor. El camino de la caridad no puede excluir la cruz, en la que son crucificadas nuestras mezquindades, y nuestro corazón es centrado en buscar realmente el bien del otro, y no solo en una simple búsqueda de placer, bienestar o comodidad.

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Brunelleschi, Cristo crucificado

Jesucristo es el auténtico maestro del amor, pues Él mismo, en cuanto verdadero Dios, es el Amor (1 Jn 4, 8). La amistad con Él nos abre a la intimidad de su amor, en el cual podemos conocer al Padre y al Espíritu Santo. En este Camino a la Trinidad Santísima, que es el Corazón de carne de Cristo, somos curados de la desfiguración que ocasiona en nosotros el pecado, y reintegrados en la comunión para la que hemos sido creados. No hay otro sendero hacia nuestra plenitud.

Por el bautismo, hemos sido hechos miembros de Cristo. En cuanto tales, recibimos en nosotros, de forma eminente a través de los sacramentos –la Penitencia y la Eucaristía-, la sanación de nuestras enfermedades y opresiones, así como el fortalecimiento de nuestra libertad para glorificar a Dios con nuestras vidas.

Las cosas de Dios nadie las ha conocido sino el Espíritu de Dios. Pero nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido

1 Co 2, 11-12

El Espíritu Santo nos conduce hacia Cristo y nos configura con Él, dándonos parte en las mismas disposiciones del corazón del Señor. El Paráclito, este divino Fuego de amor ardiente que nos habita, nos va ordenando desde el interior de manera que nuestra mirada esté cada vez más afinada con la mirada de Cristo; y que todos nuestros afectos, pensamientos e intenciones estén configurados según el corazón de Dios. Sin este don del Espíritu, unido a nuestra libre docilidad para acogerlo y obedecerlo, fracasarán nuestros intentos por armonizar las fuerzas que nos mueven desde dentro.

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Foto tomada de Cathopic

Debemos dejarnos modelar por el Amor. Si el mayor deseo que rige nuestra vida es el de llegar a ser personas que aman de verdad a Dios y a los demás, este fin dará unidad a todas nuestras acciones. Lo que elijamos ya no aparecerá fragmentado, disperso, sino que estará entretejido, y ordenado a ese fin fundamental.

Nuestro punto de partida debe ser siempre la convicción de que no somos aún lo que deberíamos ser. Que estamos quebrados y necesitados de redención pero, a la vez, que un gran Amor que nos precede nos llama a amar en plenitud. Después de ello, hemos de reconocer que no está en nosotros mismos la fuente de nuestra propia restauración. Llegaremos a amar como Dios lo quiere, solo si aceptamos en humildad -una y otra vez- que Él nos modele, nos cincele, nos purifique.

Nuestra pobreza anhela una plenitud que no puede darse a sí misma. Y el camino para empezar a recibir el don que nos restaura es el de ponernos en situación de vulnerabilidad ante el Señor. Esto no nos destruye ni nos rebaja, al contrario, nos abre a la fuente de todo amor y de toda plenitud. La raíz de nuestra maduración en el amor está en Dios, ese Buen Samaritano que nos levanta, unge nuestras heridas con su Espíritu, y nos rehabilita para amar según su Corazón.

Cuanto más enamorados nos acercamos a Dios, más intenso es su amor redentor por nosotros, más nos perfecciona, más irresistible, penetrante y eficaz resulta para nosotros.

Paul Wadell, La primacía del amor

¿QUieres profundizar más?

Escritura

  • Primera carta de Juan.

Magisterio

  • Benedicto XVI, Carta Enc. Deus caritas est.

Teología

  • Paul Wadell, La primacía del amor, Editorial Palabra, 2007.
  • Pérez-Soba, J. J., Vivir en Cristo, Biblioteca de Autores Cristianos, 2018.

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