Seguramente un solo contacto con Cristo bastaba para que muchos de sus contemporáneos se vieran interpelados por su presencia arrolladora. Su mirada, su silencio, sus gestos, sus obras poderosas, sus palabras pronunciadas con autoridad: todo indicaba que se trataba de una personalidad singular.

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Nicolai Andreyevich, Jesus

Muchos judíos intuían cuán sublime era la doctrina de Jesús y exclamaban: Jamás habló así hombre alguno (Jn 7, 46). Otros, incluso daban testimonio de que Jesús podía obrar de esa manera solo si Dios estaba con Él (Jn 3, 2). Pero aunque eran testigos de los prodigios obrados por Jesús, también lo eran de su humanidad: sentía sed (Jn 4, 7) y, por el cansancio, acababa por dormirse en la barca (Mc 4, 38).

Lo cierto es que esta personalidad singular no podía conocerse desde fuera. Era necesario, como lo es hoy también, adentrarse en una intimidad más estrecha, ser acogido por Cristo, y en su proximidad descubrir aquello que el ojo no puede percibir superficialmente.

Él mismo se anticipó y llamó a los Doce para que recibieran al calor de la hoguera de su Corazón los secretos que sólo los amigos más íntimos pueden conocer. Después tendrían que dar testimonio, pero antes, ellos debían conocerlo bien, sumergiéndose con docilidad en el misterio de la identidad y misión de su Maestro.

Un día, Jesús llamó a Simón con estas palabras: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que traduce Pedro)” (Jn 1, 42). Se trata de un encuentro tan radical que incluso acaba por cambiar su nombre. Esta llamada transformó a Simón desde lo más íntimo, al punto de convertirlo en alguien distinto del que era hasta entonces.

Pero Pedro pudo haberse negado y pretender olvidarse de ese encuentro. ¿Sin embargo, habría podido hacerlo? Sin duda, la mirada y la palabra de Cristo tenían que ser irresistibles en su ternura. Después de haber sido mirado por Él, comenzaba una vida nueva, liberada de antiguas esclavitudes.

La mirada de Cristo es penetrante, llega a lo profundo, y en ella descubrimos la verdad que anhelamos; esa verdad que disuelve todas los mentiras sobre las que reposan nuestros temores.

Al menos por tres motivos este encuentro con Cristo es único. Primero, porque en Él radica la iniciativa de la elección. Él es quien se nos anticipa y nos invita a compartir una vida (Mc 3, 13-14).

En segundo lugar, en el encuentro con Cristo se despierta en nosotros un diálogo interior, que moviliza toda nuestra vida para situarlo a Él como centro. Cambian entonces nuestras prioridades y comprendemos que el conocimiento profundo de quienes somos solo lo podemos hallar en Cristo.

Que te conozca, mi conocedor, que te conozca como yo soy conocido.

San Agustín, Confesiones X, 5, 7

Por último, es un encuentro que implica totalidad, pues incluye todo lo que somos para asumirlo y transformarlo, hasta darnos un nuevo nombre, como a Pedro.

Estos tres motivos de la singularidad del encuentro con Jesús tienen su raíz en su propio ser. En Él habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9). Es verdadero Dios y verdadero hombre y, en cuanto tal, el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2, 5). Es el Hijo Unigénito del Padre (Jn 1, 18), idéntico en naturaleza al Padre y al Espíritu, y pre-existente a su encarnación.

Estas afirmaciones sobre la divinidad de Cristo aparecen expresadas explícitamente a lo largo del Evangelio según San Juan y en las cartas de San Pablo. Aunque en los evangelios Sinópticos también encontramos testimonios sobre su divinidad, estos van apareciendo progresivamente, conforme los discípulos van compartiendo la vida con Él y concatenando sus gestos y palabras.

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Duccio di buoninsegna, Aparición en la montaña de Galilea

Pensemos que las impresiones inmediatas que tendrían los discípulos eran las de estar tratando con un hombre singular, pero con un hombre, hijo del carpintero (Mt 13, 55). Además, todos ellos, como judíos, podían dudar de si afirmar la divinidad de Jesús no constituiría un atentado contra el monoteísmo de Israel y la verdad sobre la trascendencia de Dios. Por todo esto, el camino de conocimiento del ser de Jesús no estuvo para los discípulos desprovisto de incertidumbres y oscuridades. Ellos tuvieron que ir descubriendo poco a poco la verdad sobre su Maestro.

Un día, en Cesarea de Filipo, Jesús le dirige a los Doce una pregunta determinante: ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc 8, 27). Ellos empezaron a responder: el Bautista, Elías, Jeremías, alguno de los profetas, etc. Y entonces, cuando parecía haber sido respondida la pregunta más difícil, el Maestro les dirige otra más decisiva: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt 16, 15). Ya no bastaba con un conocimiento a medias, de oídas (Jb 42, 5). Jesús esperaba que respondieran a partir de lo que habían visto y vivido junto a Él. Es una pregunta íntima para la que espera una respuesta personal: ¿Quién soy yo para ti?

Pero Cristo no pregunta a cualquiera, sino a sus amigos cercanos, a aquellos que han caminado con Él, contemplado sus gestos y escuchado y acogido sus palabras. Sin embargo, por personal y sentida que pudiera ser la respuesta, a los discípulos por sus propias fuerzas se les escapaba inevitablemente la profundidad del misterio del Verbo encarnado. Necesitaban un don de lo alto.

Y ese don justamente lo recibe Pedro, quien exclama: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo (Mt 16, 16). Jesús ratifica que el origen de esta respuesta no podía provenir solo de Pedro: es una revelación del Padre que está en los cielos (Mt 16, 17).

Es dichoso, es alabado por haber penetrado más allá de la mirada humana viendo lo que venía no de la carne, ni de la sangre, sino contemplando al Hijo de Dios revelado por el Padre celestial.

Hilario de Poitiers, Comentario al Evangelio según san Mateo, n. 16

En la confesión de Pedro encontramos la verdad central de todo el cristianismo: Jesucristo es verdadero Dios. Es nuestro salvador, pues por nosotros los hombres y nuestra salvación, se encarnó. Pero confesar este acontecimiento implica mucho más que reconocer intelectualmente una verdad. El Padre nos ha dado a su Hijo para que en Él lleguemos a ser hijos suyos (Jn 1, 12) y tengamos vida en abundancia (Jn 10, 10).

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Marco Zoppo, San Pietro

Para que esto se haga vida en nosotros es necesario que acojamos a Cristo, dejándole penetrar en nuestra vida personal, sin reservarnos ya nada para nosotros, ni siquiera lo más íntimo. De forma que todo lo que somos y tenemos sea suyo, empezando por nuestra libertad y nuestra seguridad. No basta con que nos dirijamos a Él solo cuando tenemos ganas, o cuando nos preocupa alguna necesidad urgente. Debemos construir una nueva vida sobre Él (Mt 7, 24), con gozos y fatigas, adhiriéndonos por entero a su Persona para vivir y sufrir todo con Él.

Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver.

Francisco, Carta Enc. Lumen Fidei, n. 18

En medio de la evidencia de nuestra fragilidad hemos de decir al Señor, una y otra vez, que nos fiamos de Él sin reservas; que creemos en su fidelidad y en la solidez de su promesa: Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

Pero si lo consideramos con sinceridad, una fe así nos excede. Sólo podemos confiar en Jesús de esta forma incondicional por una gracia que nos viene de Él mismo, y que debemos pedirle sin cesar. Él hará crecer su don. No seremos nosotros, por nuestros esfuerzos o actos de piedad, quienes construyamos la fe. Pero a nuestro corazón de carne le corresponde una tarea indispensable: debemos clamar.

Nuestro primer movimiento, cada vez que nos reconocemos sumergidos en densas tinieblas interiores -o en grandes aflicciones exteriores- debe ser volver la mirada al Señor, pidiéndole que nos aumente la fe, con la confianza de que Él de hecho nos la puede aumentar. Él irá haciendo crecer nuestra capacidad de recibirle, en la medida en que acudamos a su misericordia con docilidad y humildad de corazón.

¿Quieres profundizar más?

Magisterio

  • Francisco, Carta Enc. Lumen Fidei, nn. 15.18.21.

Teología

  • Melina, L., Noriega, J., Pérez-Soba, J., Caminar a la luz del amor (2010), Editorial Palabra: Madrid, pp. 326-330.

Un comentario en “¿Quién dicen los hombres que soy yo?

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