Elías entra en silencio en una cueva y allí pasa la noche. Su corazón ardía en deseos, y Dios, en toda su libertad, irrumpe en el silencio de la noche para hacerle una pregunta: ¿Qué te trae aquí Elías? A lo que Elías responde con contundencia: “Ardo de celo por el Señor” (1 R 19, 9-10).

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Profeta Elías, Monasterio de Gracanica.

Admirable pregunta y respuesta, admirable encuentro entre la omnipotencia divina, que visita a aquel que está abierto a su gracia, y el hombre, que en su pequeñez anhela lo que lo supera infinitamente. Elías, en su humildad, está seguro de que sólo en Dios hallará la fuente para saciar su sed.

A menudo permanecemos en los umbrales de la oración, sin entrar en ella. Esto ocurre porque estamos impregnados de ruido. Calla nuestra boca e intentamos centrar la atención, pero dispersos divagamos de un lado a otro. A veces, nos parece que hemos entrado en la oración porque la llenamos de deseos, proyectos propios, palabras. Pero como no nos disponemos en el silencio, no hay un verdadero diálogo. Solo hablamos nosotros. Y, en el fondo, en esta pretendida oración, acabamos siendo nosotros el centro, no el Señor.

Entrar en el silencio que dispone para la verdadera oración no implica sólo callar exteriormente. Interiormente se requiere también soltar las corazas, dejar caer las máscaras, y presentarnos en la sencillez, sabiendo que en reconocer nuestra absoluta necesidad de Dios está el camino hacia la vida verdadera. Esto es justo lo contrario a la reacción de Adán después de su pecado, quien avergonzado de su desnudez quiso ocultarla al Señor (Gn 3, 10).

En esta desnudez del corazón el ser humano se hace vulnerable, presentándose con todas sus miserias al único Médico que puede sanarlo de raíz. Solo entonces, en esta liberación del confinamiento de una falsa autosuficiencia, se entra en el silencio. Y, como Samuel, se está abierto para decir sin rodeos: Habla Señor, que tu siervo escucha (1S 3, 10).

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Francisco Ribalta, Cristo abrazando a san Bernardo. Museo del Prado.

Pero esta apertura y docilidad no es algo que podamos conseguir solo con nuestra buena voluntad. No hay para ello métodos humanos que lleguen a la profundidad debida.

El Espíritu lo sondea todo, conoce lo íntimo del hombre (1 Co 2, 10-11). Por ello, requerimos de su auxilio, para que nos abra desde dentro, desatando e iluminando hasta los más recónditos rincones de miseria que en nosotros deben ser expuestos y sanados. Por esto, la oración debería comenzar siempre como la Misa: clamando por una gracia de arrepentimiento del corazón, que nos lleve a pedir perdón por nuestras resistencias al amor de Aquel que no cesa de donarse a nosotros.

A muchos les impide ser fuertes su presunción de firmeza. Nadie logra de Dios la firmeza, sino quien en sí mismo reconoce su flaqueza.

San Agustín, Sermón 76.

Cuando lo oculto sale a la superficie, y es esclarecido por la luminosidad del Espíritu, cuán clara resulta nuestra incapacidad de amar realmente. Nuestro corazón, tantas veces limitado a sus mezquindades y pequeños egoísmos, debe ser dilatado. Es más, él mismo desea ser dilatado, pues hemos sido creados para amar. Nuestro fin más preciado en la vida es atesorar y comunicar la llama arrolladora del Espíritu, que quiere incendiar al mundo entero (Lc 12, 49), y derramarse de nuevo como en Pentecostés.

Sin reconocer de entrada que somos incapaces de amar a la altura para la que hemos sido creados, es decir, según el corazón de Cristo, el amor a Dios y a los demás solo se limitará en nosotros a unos cuantos buenos sentimientos. Pero es más lo que el Señor quiere de sus discípulos.

Dios desea que sus hijos pongamos en sus manos toda nuestra fragilidad y manifestemos nuestra necesidad de salvación; de forma que puedan caer las escamas de nuestros ojos, y ver cuán rotos estamos por el pecado. Solo entonces, caídas las máscaras, podrá Él iluminar y rectificar, sanar y elevar, transformar y ensanchar.

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¡Y a qué altas cumbres nos quiere llevar!

Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas [la pequeña Teresa], ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cumbre de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes obras, sino solamente abandono y agradecimiento.

Mi vocación es el amor, Santa Teresa de Lisieux

Y porque la oración del humilde penetra las nubes (Sir 35, 17), y el sacrificio agradable a Dios es un corazón contrito y humillado (Sal 51, 19), el Espíritu vendrá en auxilio de nuestra debilidad, para adentrarnos en profundidades que ni el ojo vio, ni el oído oyó, y que Dios ha preparado para aquellos que lo aman (1 Co 2, 9). De esta forma, en la oración Dios nos va llevando a gustar ya en esta vida, por anticipado, su dulzura (Sal 34, 9).

Así, dóciles al Espíritu Santo, entramos en la oración. Y es Dios quien marcará las pautas y señalará en adelante el camino. Podrán venir los consuelos, tras percibir vivamente su presencia, así como esas íntimas heridas de amor que Él traza en el corazón que se ha hecho maleable en sus manos. Pero podrán venir también la aridez y la noche.

Lo importante del camino será siempre que es Cristo nuestro vigía. Él ve, nosotros aún no. Y si en realidad queremos ser sus discípulos, debemos soltar amarras y dejarle que nos lleve mar adentro, sin anclas ni condiciones.

Cuánto debe consolarnos, aún en medio del desierto interior, que es el mismo Señor de cielos y tierra quien va conduciendo nuestra alma hacia donde Él quiere, y por los senderos que Él sabe que son mejores para purificarnos.

La oración es el puerto en la tempestad, el ancla de los náufragos, el bastón de los vacilantes, el tesoro de los pobres; refugio en los males, fuente de ardor.

San Juan Crisóstomo, Contra los anomeos, n. 7. 

Y empiezan entonces aquellos admirables encuentros y ausencias que tan bien retrata el Cantar de los Cantares. Es el viaje del amor, que requiere un conocimiento siempre más profundo, para sumergirse en la luz de la mirada de Dios, con un corazón despierto, expectante. Él se mostrará y luego se retirará. Se hará sentir, para luego hacernos experimentar la desolación de su aparente ausencia. Y debe ser así, pues de esa manera Dios enciende el deseo y mantiene viva la oración.

San Agustín, en su hermosa carta a Proba, una viuda adinerada que le pedía una enseñanza sobre la oración, explicaba que el Señor ejercita nuestros deseos con la plegaria, preparando en nosotros a través de ella la capacidad para recibir lo que nos ha de dar. Pues su don es muy grande, inabarcable, y nosotros somos muy estrechos para recibirlo.

Pero este aumento en la capacidad de recibir no se dará en nosotros sin sacrificio. Tendremos que ser despojados de nuestras falsas ideas sobre Dios, así como de nuestros empeños en convertir la oración exclusivamente en una simple búsqueda, tantas veces egoísta, de bienestar y consuelo. Sin pasar por la cruz, no habrá auténtica oración. Solo uniéndonos a la entrega de Cristo hasta el extremo del amor, podremos, por su costado abierto, entrar en el Santo de los Santos, en la infinita corriente de amor de la Trinidad.

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Foto tomada de Cathopic

San Pablo llama a orar sin cesar (1Ts 5, 17). Pero, ¿cómo es esto posible, si no podemos dedicarnos sin pausa a los momentos destinados exclusivamente a la oración? Es un hecho que debemos comer, dormir, trabajar, estudiar y compartir tiempo con los demás. ¿Cómo lograr no interrumpir entonces la oración en medio de todas nuestras ocupaciones?

La plegaria sin interrupción no consiste en pronunciar largos discursos, sino en mantener un corazón atento, vigilante, en el cual sean presentadas todas las realidades de nuestra cotidianidad para la gloria de Dios. En este sentido, el corazón sería como nuestro altar íntimo, consagrado para recoger la ofrenda de nuestra existencia, y luego derramarla por entero en el altar de la Eucaristía, uniéndola al sacrificio de Cristo. Allí, en la celebración, presentaremos todo lo que somos, como un mismo Cuerpo, por Cristo, con Él y en Él, para gloria del Padre.

Terminemos con estas bellas palabras de Simeón el Nuevo Teólogo, extraídas de su Himno 30: Él me ha hecho como fuego.

Mientras me rindo a sus pies,
el que me ilumina
toca con sus manos mis ataduras y mis heridas,
y allí donde su mano toca,
donde se acerca con su dedo,
al punto las ataduras se desatan
y las heridas desaparecen.
Purificado de inmediato
y libre de las ataduras,
me tiende entonces una mano divina,
me levanta del fango,
todo Él me abraza.
Y a mí, que estoy desfallecido,
y que he perdido mis fuerzas,
me toma sobre sus hombros
y me muestra aquello
que se halla en su luz. 
Él me ha escuchado.
Desde una altura incomparable
se ha asomado y me ha mirado,
me ha permitido contemplar
lo que es invisible.

¿Quieres profundizar más?

Magisterio

Padres de la Iglesia

2 comentarios en “La oración de un corazón dócil

  1. Debo despojarme de la falsa idea de Dios y convertir la oración en una búsqueda egoísta. Mí corazón debe ser el actuar dónde me encuentro con Dios.
    Debo permanecer vigilante.

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    1. Hola Susana. Gracias por tu mensaje.

      Así es, la oración es siempre ocasión para permitirle a Dios despojarnos de las falsas ideas que nos formamos de Él, así como de nuestras pretensiones egoístas.

      Debemos permanecer vigilantes, con un corazón abierto para recibir los dones que Dios no cesa de otorgarnos.

      ¡Dios te bendiga!

      Le gusta a 1 persona

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