El apóstol Mateo contemplaba el inmenso campo de trigo que tenía en frente de él. Dos hombres, recién bautizados, le acababan de decir que estaban escandalizados por el comportamiento de algunos miembros de la comunidad. «Queremos que los expulses —le habían pedido los hombres—. Ellos no viven según lo que enseñó Jesús».

Parábola de la cizaña, Pedro de Orrente (Museo del Prado)

Mateo meditaba en silencio cómo responder aquella petición. Compartía el celo por las cosas del Señor que esos dos hombres manifestaban, pero a la vez ponderaba las consecuencias de expulsar a los que daban mal ejemplo. Mientras miraba el campo de trigo, se fijó en la cizaña que había aparecido en algunas partes. ¡Eso era! Ya tenía la respuesta.

¿De dónde sale la cizaña si tú sembraste buena semilla?

«Hermanos —Mateo habló con tono sereno—, escuchad esta parábola que alguna vez contó el Señor Jesús. Un hombre sembró buena semilla en el campo, pero mientras él y sus criados dormían, un enemigo suyo sembró cizaña en medio del trigo. Cuando empezó a formarse la espiga, apareció también la cizaña. Los criados dijeron al amo: “¿De dónde sale la cizaña si tú sembraste buena semilla?”. El amo contestó: “El enemigo lo ha hecho”. “¿Quieres que la arranquemos?”, preguntaron los criados. «No —señaló el amo—, porque si arrancáis la cizaña, arrancareis también el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega y, cuando sea el momento, les diré a los segadores que arranquen la cizaña y la quemen, y que el trigo lo almacenen».

Los hombres observaron a Mateo. Esperaban una explicación de la parábola. Mateo les dijo: «Ya llegará el momento en que el Señor juzgue a aquellos que escandalizan y obran mal. Si actuamos apresuradamente y los expulsamos, puede que perdamos la oportunidad de que se arrepientan y se conviertan, o que yéndose de mala manera arrastren a otros por el mal camino». «¿Nos quedamos entonces de brazos cruzados?», preguntó uno de los hombres. «¡De ninguna manera! —aclaró Mateo—. No los expulsaremos, pero vosotros y yo nos acercaremos a corregirlos personalmente.

¡Ánimo! Nuestro testimonio es importante

»Por otra parte, hermanos, no temáis si a vuestro alrededor parece que el mal ahoga el bien. Aunque da la impresión de que somos pocos, si vivimos bien según las enseñanzas de Jesucristo, seremos como la semilla de mostaza, que es la más pequeña de las semillas, pero que crece más que las hortalizas. O seremos como la levadura, que una pequeña cantidad fermenta toda la masa. ¡Ánimo! Nuestro testimonio es importante».

Texto del Evangelio

Mateo 13, 24-43 (leer).

¿Qué puedo aprender de la palabra de Dios?

El juicio definitivo corresponde a Dios, no a los hombres. Dios juzga con bondad y misericordia, y así debe hacerlo el hombre justo (lee Sabiduría 12, 13-19).

El Señor es «compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en misericordia y fidelidad» (lee Salmo 86 (85), 5-16)

Dios examina los corazones y es el único que conoce lo más íntimo de ellos (lee Romanos 8, 26-27).

«¿Quién eres para juzgar a tu prójimo?» (lee Santiago 4, 11-12).

Estamos llamados a corregir con cariño y prudencia a quienes obran mal (lee Mateo 18, 15-17).

«Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”. —Por eso busca una excusa para tu prójimo —las hay siempre—, si tienes el deber de juzgar» (San Josemaría; lee Romanos 15, 5-7).

Preguntas para meditar y orar

1. ¿Soy un cristiano coherente? ¿Doy testimonio de vida?

2. ¿Me dejo corregir cuando actúo mal? ¿Corrijo con cariño a los demás?

3. ¿Juzgo con precipitación? ¿Intento comprender al otro?

Un comentario en “Trigo y cizaña

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