La Palabra de Dios es viva y eficaz. Esa misma palabra omnipotente, que creó todos los seres de la nada, nos interpela hoy para iluminar nuestras tinieblas. Como dice san Ambrosio en su comentario al Salmo 118: La palabra de Dios es toda fuego: purifica, abrasa e ilumina.

Vivimos saturados de palabras. Vienen de todos lados. En medio de tal bombardeo, a menudo podemos acabar los días con una sensación de agotamiento, de dispersión, de vacío. Durante el día, parecía que habíamos recibido mucho, pero al caer la tarde y repasar los pasos del recorrido descubrimos que se nos ha ido entre los dedos, como arena, lo que parecía brillar.

Al final, añoramos el silencio, pero un silencio fecundo que nos lleve más adentro, hasta esa morada donde nos habita la Palabra que ilumina, que alimenta, que da vida. Para descubrir la fuente, debemos detenernos, callar, y aprender a escuchar.

asis-silencio Foto tomada de Cathopic

Es tan ardiente el deseo de Dios de seducir al hombre, llevarlo al desierto y hablarle al corazón (Os 2, 16). Solo a partir de esta intimidad con el Verbo de la vida, en lo oculto (Mt 6, 6), nuestras palabras tendrán el peso debido, como manifestación y entrega de las riquezas que alberga el corazón. Esas palabras del hombre, que se ha dejado antes habitar por la Palabra de Dios, darán entonces un fruto abundante, desatando cadenas e iluminando tinieblas.

La Escritura nos transmite los encuentros del Dios vivo, omnipotente y misericordioso, cuya delicia es tratar con los hijos de Adán (Pr 8, 31). Es la historia de la salvación. Con el paso de los siglos, Dios va preparando a la humanidad de forma progresiva para revelar su intimidad en Cristo -plenitud de la revelación-, e invitar a la persona humana a participar de su vida divina.

Esta revelación progresiva se ha realizado a través de hechos y palabras, en una gradual comprensión y realización de la salvación prometida por Dios.

¿Dónde comienza el actuar de Dios?

En el principio

La Palabra creadora

Por las primeras páginas del libro del Génesis sabemos que la Palabra del Señor es eficaz. Los seres surgen de la nada luego de que Dios los llama a la existencia. Para Dios decir es hacer y no hay ninguna resistencia que vencer, pues es omnipotente.

creación
Foto tomada de Cathopic

Por su condición de criaturas, en todos los seres habita un eco del Creador; el Señor ha dejado en ellos la impronta de sus manos. Por ello, si sabemos leer en profundidad lo real en la belleza y el bien, descubrimos que ningún ser es causa de sí mismo; que todo da testimonio del Artífice; y que quien ha creado en el principio, hoy conserva en el ser a sus criaturas.

Asombrado ante la creación, san Agustín exclama:

Pregunta a la belleza de la tierra, pregunta a la belleza del mar, pregunta a la belleza del aire dilatado y difuso, pregunta a la belleza del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con su fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor y modera la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire; a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y a los invisibles, que los gobiernan. Pregúntales. Todos te responderán: “Contempla nuestra belleza”. Su belleza es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la Belleza inmutable?

(San Agustín, Sermón 241, 2).

Las palabras y hechos de Dios en la historia

Por el hecho de que los seres apunten a su Artífice, el ser humano tiene en la creación un camino para conocer al Creador con las luces de la razón. Pero Dios quiso, sin negar esta vía de la razón natural, que el conocimiento que el hombre tuviera de Él fuese aún más profundo, de primera mano. Por eso prosiguió su revelación a través de hechos y palabras.

Dios ha visitado a los hombres abriendo el corazón de su misterio. Para ello, ha elegido mediadores, como los patriarcas y los profetas, a través de lo cuales manifestar al pueblo sus designios de salvación y los rasgos de su ser. En este diálogo, lo primero es reconocer que la iniciativa ha sido de Dios. No se trata de una simple consecuencia de los esfuerzos del hombre por conocer a su Creador.

El Señor, en un libre designio surgido de su amor, se ha comunicado con el hombre en la historia. Este acontecimiento no ha eliminado la desproporción entre el Creador y la criatura: no se trata de un simple diálogo entre iguales. Dios tiene siempre la primacía, y si el hombre puede dialogar con Él, es porque Dios se lo concede como un regalo.

En el Sinaí el Señor reveló a Moisés su nombre (Ex 3, 14). Ya nunca más podría ser confundido con una energía impersonal, pues al dar su nombre el Señor se entrega al ser humano, le da la gracia de poder invocarlo, y de tratar con Él personalmente.

No bastando con esto, en su infinita misericordia, se nos entrega de forma admirable e inesperada, asumiendo nuestra propia naturaleza. El Dios invisible y eterno toma un rostro visible y entra en el tiempo en Cristo, en quien habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9).

Sus palabras, sus silencios, sus gestos son, en sentido estricto, los de Dios.

cristo-cefalú Mosaico de Cristo, Catedral de Cefalú, Sicilia, s. XII

Después de la encarnación, sabemos que la Palabra de Dios es -sobretodo-, desde la eternidad, una persona: el Hijo eterno, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Sólo Él puede expresar de manera perfecta a Dios. Por eso su revelación es definitiva.

Ser recreados por la Palabra

Hoy Cristo, la Palabra eterna de Dios, sale a nuestro encuentro, y viéndonos en los árboles en los que nos hemos subido, nos dice como a Zaqueo: baja pronto, porque hoy me hospedo en tu casa (Lc 19, 5). Acoger a Cristo es recibirlo a Él junto con el Padre y el Espíritu (Jn 14, 23), quienes desean morar en un corazón dócil.

La Palabra, por medio de la que han sido creados los cielos y la tierra, es la misma que hoy viene a recrearnos, a restaurar aquella fractura íntima del pecado, que no puede sanar ningún médico humano.

San Ireneo afirmaba que lo propio de Dios es hacer y lo propio del hombre es dejarse hacer. Siguiendo esta idea, somos más humanos, cuanto más dóciles seamos a la acción de nuestro Artífice.

Porque no haces tú a Dios, sino Dios a ti. Por tanto, si eres obra de Dios, aguarda la mano de tu Artífice, que todo lo hace según conviene. Preséntale tu corazón blando y maleable y conserva la figura con que te modeló el Artífice, reteniendo en ti el agua viva, no vayas a perder, endurecido, las huellas de Sus dedos.

San Ireneo (Ad. H. IV 39, 2).

A partir de estas imágenes, que evocan aquel momento en que Adán es formado por las manos de Dios del barro y le es insuflado el aliento de vida (Gn 2, 7), podemos considerar el pecado, en su raíz, como la obstinación de resistirse a ser transformado por Dios; a ser sanado y restaurado por Él.

Todo por una autosuficiencia que nos encierra en nosotros mismos, y nos hace olvidar que sólo en el vínculo originario con Dios radica la consistencia y el esplendor de nuestra vida. A menudo nos afanamos tanto por hacer brillar la vida sin Él y acabamos en la frustración y el vacío, sumidos en las cárceles de nuestras mentiras.

Un hombre sin Dios está muerto, aunque parezca brillar.

¿Quieres profundizar más?

Magisterio

  • Benedicto XVI, Exhortación apostólica post sinodal Verbum Domini. Sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia. [Pequeña aclaración: cuando pensamos en la Palabra de Dios, lo primero que nos viene a la mente es la Sagrada Escritura; y así es, la Biblia es Palabra de Dios divinamente inspirada. Pero se trata de una noción más amplia, que abarca, como dice este documento en el número 7, la creación, la palabra de los profetas, el Verbo encarnado (plenitud de la revelación), el testimonio de los apóstoles transmitido por la Tradición viva de la Iglesia y la Escritura].

Padres de la Iglesia

  • San Efrén de Nísibe, Padre de la Iglesia sirio del siglo IV, escribió un precioso texto sobre la disposición interior que ha de tener el hombre que se acerca a la Escritura; semejante a la de un sediento que se acerca a la fuente para saciarse. La Escritura es una fuente inagotable que no puede ser secada por la sed del hombre.

Teología

  • Félix María Arocena, La celebración de la Palabra. Teología y pastoral.

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