La llamada de Cristo es radical. No caben medias tintas, ni componendas. Es la exigencia del amor, de la entrega sin condiciones, aunque el camino que se extienda ante nosotros sea incierto, desafiante, infinito.

Produce vértigo el emprender un camino que sabemos supera nuestras capacidades naturales. Pero brilla tu promesa, brilla tu presencia. Te seguimos a ti, Camino, Verdad y Vida, porque tú nos das la fuerza para hacerlo. De lo contrario, sería una temeridad absurda, destinada al fracaso.

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Foto tomada de Cathopic

Mi corazón ardía dentro de mí; en mi meditación se encendía el fuego. Ahora, Señor, ¿qué puedo esperar? Mi esperanza está en Ti (Sal 39, 4.8).

Comencemos esta entrada poniéndonos en presencia de Dios, y encomendándole a Él este camino que tejeremos al compás de tres palabras: seguimiento, identificación y muerte al pecado.

Señor, me llamas a seguirte cargando la cruz, y tiemblo porque me reconozco tan frágil; pero si respondo, respondo apoyado en ti, en tu promesa, no en mí. Solo así puedo estar seguro de que voy tras de ti; que he salido del confinamiento de mis vanidades, para amarte y ser transformado por ti. Que esta peregrinación, divino Maestro, no desemboque en un dar vueltas en torno de mí, sino que me deje impulsar siempre por el Espíritu de Amor; hasta que mi corazón sea restaurado, transfigurado, ensanchado, en el fuego de tu caridad.

Amén.

Radicalidad en el seguimiento de Cristo

Quizá la palabra radical genere algo de perplejidad. Puede que nos haga pensar en actitudes violentas y extremas; e incluso, en estrechez de miras. En realidad, no se trata de eso. Radical tiene que ver con raíz, con fundamento, con fuente de la que se alimenta un organismo vivo. Debemos seguir a Cristo con todo nuestro ser, desde la raíz.

Esta radicalidad implica totalidad. El conjunto de lo que somos debe estar permeado por la gracia; de manera que nada se sustraiga a la savia sanadora del Señor, a su reinado. Que todo nuestro pensar, sentir, hablar y hacer estén animados por su influjo santificante.

el-salvador-la-vid-verdadera El Salvador, la Vid Verdadera, icono griego del siglo XVI

Tenemos la experiencia de cuánto nos cuesta ser dóciles a Dios y permanecer fieles a Él. ¿Acaso los que nos falta es más esfuerzo y más propósitos? Sin duda, nuestra libertad debe responder con su adhesión generosa al don de Dios, pues no somos seres pasivos, sino libres. Pero es un error hacer depender nuestra santidad de nuestro esfuerzo. Dios nos ha amado primero (1 Jn 4, 10), su don nos precede y nos sostiene. Su acción santificadora, su gracia, tiene la primacía.

¿Dónde comienza el camino? Todo parte de un encuentro personal. Así fue en Galilea, y así es en el presente. El Resucitado nos busca, nos visita. Y en cuanto levantamos la mirada, Aquel que es la Luz del mundo, nos dice con voz firme: Despierta, tú que duermes, álzate de entre los muertos (Ef 5, 14). Entonces, solo en la medida de nuestra docilidad, Él empieza a recomponer nuestras fracturas.

Es un encuentro que no nos inventamos, y aunque debemos disponernos a él, en último término no depende de nosotros. El Señor, que vive hoy, nos sale al encuentro con toda la libertad de su amor: cuando Él quiere y como Él quiere; para introducir en nuestra vida una novedad fundamental. Nos da una nueva luz, por la que descubrimos que hemos sido creados para el cielo; para estar con Él por toda la eternidad, con el Padre y el Espíritu Santo.

Tras iluminar ante nuestros ojos la meta, nos repite esas palabras que escuchó Abraham: «Vete de tu tierra y de tu patria y de casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gn 12, 1). Pero hay entonces una diferencia notable: estando Cristo presente ya no caminamos a tientas en la noche del desierto.

El Buen Pastor nos dice fuerte y claro: Venid conmigo, seguidme (Mt 4, 19), pues soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6) y el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12).

Sería descabellado que un hombre cualquiera nos pidiera lo que nos pide Jesús; es decir, que subordináramos todos nuestros amores a él. ¿Por qué Cristo puede pedirnos algo tan exigente sin que ello nos rebaje y esclavice?

La respuesta la encontramos planteando dos preguntas: ¿Quién es Él? ¿Quién soy yo? Él es Dios, el Señor de cielo y tierra, el Verbo eterno hecho hombre. ¿Y nosotros? Criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios. Esto significa, sobretodo, que nuestro ser sólo alcanza la plenitud en Aquel de quien es imagen; que hemos sido creados por Dios y para Dios. Por esto, Cristo nos lo puede pedir todo, pues sólo Él es nuestro todo.

Identificación entre el discípulo y el maestro

Esencialmente, la vida cristiana consiste en la configuración con Cristo. Esto significa crecer en todas las virtudes, especialmente en la humildad, la mansedumbre y la obediencia a la voluntad de Dios. Pero esto debe entenderse bien.

Nuestro seguimiento al Maestro no consiste en calcar la forma de ser de Cristo; en imitarlo exteriormente, sin que ello afecte el núcleo de nuestra interioridad. Se trata de algo más profundo y decisivo, de tener en nosotros, como dice san Pablo, las mismas disposiciones que Cristo Jesús (Flp 2, 5).

De nuevo aquí volvemos al tema de la gracia. El artífice principal de nuestra configuración con Cristo es el Espíritu Santo. Pero no a modo de una impresión pasiva, como un sello que se imprime en la cera, sin que la cera intervenga. El Espíritu despierta y forma la libertad dándonos la capacidad de colaborar con Él a través de la fe y el amor.

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Bernard Orley, Pentecost

El Paráclito, nuestro Maestro interior, nos da una inteligencia íntima de las profundidades del corazón de Jesús; nos va enseñando a crecer en las virtudes necesarias para asemejarnos a Cristo; y nos impulsa, para que nosotros, libremente, demos frutos de humildad, fidelidad y alegría.

Cuanto más se entrega el hombre a la gracia, más crece en él la libertad interior y más se convierte en sí mismo. Más fielmente imita a Cristo y más se vuelve, en su persona y en su conducta, un ejemplo para los otros.

Servais Pinckaers Op, La vida espiritual.

Morir al pecado para vivir en cRISTO

El Señor nos llama a seguirle en la totalidad de sus misterios. También en el de la cruz. En su profundo realismo, la vida cristiana no pretende eliminar el sufrimiento. Tarde o temprano nos visita el dolor; tarde o temprano vamos a morir. Una propuesta de espiritualidad que niegue esta verdad es falsa y no hace justicia a la realidad del ser humano.

La pregunta auténtica no puede ser cómo maquillar el sufrimiento, ni cómo adormecerlo, sino dónde está la respuesta definitiva al acontecimiento de la muerte y el dolor. ¿Acaso tienen la última palabra?

Vivimos interiormente una tensión entre dos extremos: por un lado, un anhelo de vida, de verdad y de amor que no perece; y, por otro, la experiencia de que enfermamos, sufrimos y morimos.

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Diego Rodriguez de Silva Velázquez, Cristo crucificado (Museo del Prado)

Jesucristo se tomó en serio nuestra humanidad. Y con ella, el sufrimiento y la muerte. Asumió el dolor desde la abundancia de su amor. En el misterio de la cruz, que recibe su luz definitiva en la Resurrección, acontece la victoria final sobre las tinieblas: ya la muerte no tiene la última palabra luego de que Cristo diera su vida hasta el extremo por sus amigos (Jn 15, 13).

Su ofrenda, que desemboca en el silencio del Sábado Santo, se revela en toda su fecundidad el Domingo con el resplandor de la Resurrección. Entonces, se hace patente que el trigo cae en tierra, muere, y da fruto abundante (Jn 12, 24).

La muerte ha quedado, por así decir, profundamente herida, hasta el punto de que, de ahora en adelante, no puede ser la última palabra. Solamente esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo.

Benedicto XVI – Misa clausura JMJ Colonia 21 de agosto de 2005

La vida cristiana no tiene por fin el dolor, sino el amor. Cristo se entregó voluntariamente por nuestra salvación, y el cristiano, por el bautismo, ha recibido la vocación de asociarse a todo lo que Cristo vivió, sobretodo en la entrega de sí mismo por amor (Ef 5, 1-2).

Para esto debemos morir al pecado, a todo aquello que sea indigno de nuestra condición de hijos del Padre en Cristo. El horizonte de nuestra vida debe ser claro: estamos llamados a vivir más entregados a Dios y a los demás. Y esto en las circunstancias más corrientes; en lo oculto y lo pequeño, sin grandes espectáculos.

Es en la trama de la vida cotidiana donde se labran las batallas decisivas. Allí, en lo que no brilla, repitamos en las honduras del corazón: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 40, 8-9); entregándonos, ante el altar de Dios, como ofrenda viva, santa y agradable (Rm 12, 1), siempre conscientes de que Dios está cerca y nada le es indiferente.

Terminemos como empezamos, orando. Ahora apoyados en las palabras de Dietrich von Hildebrand, que cierran su libro Nuestra transformación en Cristo:

Señor, acéptame en tu amor. Mi flaqueza, mis faltas, mi oscuridad no me asustan. Me precipito en tus brazos, me sumerjo en tu corazón «con mi anhelo de las colinas eternas». Sé muy bien que Tú acoges a quien se entrega a Ti del todo. Sí, entonces viviré la verdadera vida divina. Tu vida […]. Esta vida es la que anhelo, esta vida que corre hacia la eternidad como un río, la vida feliz, eterna, que no tiene fin, que eres Tú mismo y tu amor inagotable. Tú solo puedes colmar nuestro corazón. Tú mismo has prometido a los que te sigan que un día oirán cómo tu voz les dice: «Venid vosotros, benditos de mi Padre y poseed el Reino que os está preparado desde el comienzo de los siglos»

¿Quieres profundizar más?

Magisterio

  • San Juan Pablo II, carta Encíclica Veritatis SplendorLos números 19-21 están dedicados al seguimiento de Cristo.
  • San Juan Pablo II, carta apostólica Salvifici doloris. Sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano.

Padres de la Iglesia

  • San Agustín, Sermón 96. Sobre la renuncia y negación de sí mismo.

Teología

  • César Izquierdo, “Jesucristo, el Redentor“. Un estudio sobre la soteriología en la obra de Joseph Ratzinger.

Un comentario en “Tras los pasos del Maestro

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