Mateo y Tomás entraron en la aldea. Las risotadas de cuatro hombres, sentados al frente del portal de una casa, se robaron su atención. Mateó se rascó la mejilla: ¿sería buena idea dirigirse a ellos? ¿Los escucharían? «Vamos —dijo Tomás con decisión—. Jesús nos ha mandado a anunciar su Palabra a todos».

Jesús predicando, Rembrandt (Rijk Museum, Ámsterdam)

Mateo observó a aquellos hombres. Dos eran bastante fornidos, otro tenía una larga cicatriz en la cara y el otro acababa de escupir al suelo… Definitivamente, Tomás y él estaban perdidos si esos cuatro se enojaban por interrumpirlos. «No les tengáis miedo —las palabras de Jesús, antes de enviarlos en misión, vinieron a la memoria de Mateo—. Lo que os digo en la oscuridad, vosotros decidlo a la luz, y lo que oís al oído, pronunciadlo desde las azoteas».

No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma

Los dos apóstoles se encaminaron hacia el portal de la casa. Los hombres seguían riendo estruendosamente. Mateo oía el discurso de Jesús en su interior, como si se lo estuviera diciendo en aquel mismo instante: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed, más bien, a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena».

De repente, las carcajadas se detuvieron. El hombre de la cicatriz los señalaba. Los cuatro miraron a los dos apóstoles con extrema seriedad. El pajarito que los hombres tenían en una jaula trinó. Al escucharlo, Mateo cerró los ojos y recordó la enseñanza de su Maestro: «¿No se venden dos pajaritos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. Por eso, no temáis: valéis más que muchos pajaritos».

¡La paz esté con vosotros! Os anunciamos una buena noticia

«Vuestro Padre…». Aquellas dos palabras infundieron coraje en Mateo. ¿Qué le importaba lo que pensaran e hicieran aquellos hombres si él contaba con el amor del Padre Dios? ¿Qué le importaba, si el enviado del Padre, Jesucristo, le había elegido y le había prometido hablar a favor de él ante el Padre, si él hablaba a favor de Cristo ante los hombres?

Mateo y Tomás llegaron al portal de la casa. Con tranquilidad y alegría, Mateo exclamó: «¡La paz esté con vosotros! Os proclamamos una buena noticia: el Reino de los Cielos está cerca».

Texto del Evangelio

Mateo 10, 26-33 (leer).

La buena noticia que hemos de anunciar

Jeremías 20, 10-13 (leer).

Salmo 69 (68), 8-14 (leer).

Romanos 5, 12-15 (leer).

Jeremías 17, 7 (leer).

Salmo 115 (113b), 1 (leer).

Colosenses 1, 10-12 (leer).

Preguntas para meditar y orar

1. ¿Me preocupa lo que piensen los demás de mí? ¿Busco, sobre todo, agradar a Dios?

2. ¿Anuncio el Evangelio de Jesucristo o me dejo llevar por la vergüenza?

3. ¿Confío en la Providencia de Dios? ¿Soy muy calculador?

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