La conversación entre Jesús y Nicodemo se había prolongado hasta más de la medianoche. La brisa nocturna acariciaba los rostros de los interlocutores, iluminados por la luna y por una vieja lámpara de aceite. Desde hacía tiempo, Nicodemo deseaba tener aquella entrevista con Jesús, porque lo consideraba un gran maestro.

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Foto de Catholic link (vía Cathopic).

«Tanto amó Dios al  mundo —le decía Jesús en aquel instante— que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». «Espera un momento —interrumpió Nicodemo—. ¿Quién es el Hijo único de Dios y qué vida eterna le da al mundo?». Jesús le respondió: «Tú eres maestro en Israel. Dime tú, ¿quién crees que es el Hijo único?».

Dios envío a su Hijo para que el mundo se salve por Él

Nicodemo no se esperaba aquella contrapregunta. Parpadeó y contestó a tientas: «Bueno… la Ley dice: “Así dice el Señor: Israel es mi hijo”. Y los Profetas dan a entender que el rey es el hijo de Dios… ¿Se trata entonces de Israel? ¿De uno de sus reyes?».

Jesús giró su cabeza de un lado hacia otro y dijo: «Nicodemo, en verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto. Nadie ha subido al cielo, sino el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre. Tú consideras que he venido de Dios como maestro y no te equivocas. Sin embargo, te aseguro que no soy maestro por haber estudiado mucho, ni porque obro grandes prodigios. El Hijo del hombre es maestro por ser el Hijo unigénito de Dios. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Pero quien no nace de lo alto no puede descubrir la vida íntima de Dios».

El Dios verdadero no es un Dios solitario

«¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?», preguntó Nicodemo. Jesús esbozó una sonrisa y respondió: «No se trata de nacer de la carne otra vez, sino de nacer del Espíritu. Quien no recibe ni vive según el Espíritu no puede conocer que el Dios de Israel, el Dios verdadero, no es un Dios solitario, sino que es Padre, Hijo y Espíritu.

»El Padre ha enviado a su Hijo al mundo, no para juzgarlo, sino para salvarlo. Quien cree en Él, no solo como maestro, sino que confiesa que es Dios igual al Padre, tendrá la vida eterna, pues entrará en esa vida íntima de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Por eso antes te  he dicho que tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para darle vida eterna».

Texto del evangelio

Juan 3, 16-18 (leer).

el dios verdadero se revela en la escritura

Éxodo 34, 4-9 (leer).

Daniel 3, 52-56 (leer).

2 Corintios 13, 13 (leer).

1 Corintios 2, 10-13 (leer).

Mateo 28, 19 (leer).

1 Pedro 1, 2 (leer).

Preguntas para meditar y orar
  1. ¿Creo que Jesús, más que un personaje histórico importante, es el Hijo de Dios?
  2. ¿Cómo es mi relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?
  3. ¿Sabría decir en qué momentos de la Misa hay referencias a la Santísima Trinidad?

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