Las mujeres irrumpieron en la habitación donde se escondían los apóstoles: «¡La paz sea con vosotros! ¡Alegraos: el Señor ha resucitado!». Tras el sobresalto, Tomás, uno de los apóstoles, viendo que ninguno se pronunciaba, dijo a las mujeres: «No, no, no… El dolor os hace ver alucinaciones».

Tomás miró a sus compañeros. Algunos estaban claramente de acuerdo con él, otros parecían dudar. «Dídimo —a veces llamaban a Tomás por este apodo, que significaba mellizo—, ¿y si en verdad le vieron?», le preguntó Juan, el más joven de todos. Tomás lo observó e hizo una mueca: «Ingenuo». Luego, sin decir palabra, se marchó.

Hemos visto al Señor

Tomás caminó sin rumbo por las calles de Jerusalén. Al anochecer, regresó a la casa. «Seguro ya se habrán calmado», pensó. Antes de entrar, se pasó la mano por los ojos: quería borrar toda huella que delatara que había estado llorando. En lo más profundo de su alma se juntaban dos recuerdos dolorosos: la muerte del Maestro, de su Amigo, el que le había puesto el apodo, y el hecho de que él, Tomás, lo había abandonado en sus últimos momentos. Le había prometido acompañarlo hasta la muerte si hacía falta, pero a la hora de la verdad le había fallado; no podía perdonarse su cobardía.

Tomás suspiró y entró en la casa. Encontró a sus diez compañeros pletóricos: «Dídimo, ¡hemos visto al Señor!». Sintió que la sangre le comenzó a hervir: «¡¿Pero que os pasa?! ¿Las mujeres os han convencido? Meteos en la cabeza de una vez por todas que han matado al Maestro; lo han matado en una cruz —enfatizó la última palabra—. Si yo no veo en sus manos la marca de los clavos y meto los dedos allí; si yo no meto mi mano en la herida que le hicieron en el costado, no creeré que Jesús ha resucitado».

No seas incrédulo, sino creyente

Pasó una semana. Tomás, enfadado, veía que sus compañeros seguían convencidos de haber visto a Jesús. «Si en verdad lo vieron, ¿qué hacéis aquí encerrados?», les preguntó. Pedro iba a responder cuando se escuchó: «Paz a vosotros». Todos se giraron en dirección a la voz. Tomás sintió un vacío en el estómago; conocía esa voz. Su mirada se cruzó con la del Maestro. Jesús le dijo: «Dídimo, trae acá tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo, sino creyente».

Tomás, avergonzado, se arrodilló y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús colocó las manos sobre su cabeza y dijo: «Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que no han visto y han creído».

Texto del Evangelio

Juan 20, 19-31 (leer).

¡Ha resucitado! ¿Lo crees?

Hechos 2, 42-47 (leer).

Salmo 118 (117), 13-18 (leer).

1 Pedro 1, 3-9 (leer).

Hebreos 11, 1 (leer).

1 Juan 5, 4-5 (leer).

1 Timoteo 6, 12 (leer).

Preguntas para meditar y orar
  1. ¿Tengo fe? ¿Creo en la omnipotencia y en la misericordia de Dios?
  2. ¿Pido perdón al Señor por las veces que desconfiado de Él?
  3. ¿Creo en el testimonio que la Iglesia me da sobre Jesucristo?

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