El mensajero fue corriendo hasta Jesús, que hablaba a sus discípulos, y le interrumpió sin miramientos: «Señor, vengo de Betania, de parte de Marta y María. Su hermano Lázaro, tu amigo, está muy enfermo. Se muere». Jesús, apacible, le respondió: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios. Tranquilo: gracias por avisarme». Pidió entonces a Judas que le diera dinero al mensajero para que comprara algo de comer.

Resurrección de Lázaro

Dos días después, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a Judea, a Betania: Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; voy a despertarlo». Uno de ellos replicó: «Maestro, hace poco intentaron apedrearte en Judea, ¿y quieres volver? Si Lázaro duerme, seguro sanará». Jesús respondió con determinación: «Lázaro ha muerto y me alegro de que no hayáis estado allí, para que creáis que el Padre me ha enviado».

Yo soy la Resurrección y la vida

Cuando avisaron a las hermanas de que Jesús estaba cerca de Betania, Marta salió presurosa a su encuentro; María, abatida por el dolor, se quedó en la casa. Al encontrarse con Jesús, Marta trató de contener las lágrimas, quería parecer fuerte. Sentía un nudo en la garganta que no la dejaba hablar. Por fin se desató: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero sé que lo que pidas a Dios, Él te lo otorgará».

Jesús, mirándole a los ojos, le dijo: «Tu hermano resucitará». «Sé que lo hará en el último día», contestó ella. Jesús le replicó: «Yo soy la Resurrección y la Vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Marta se postró y respondió: «¡Sí, Señor! Yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que ha venido al mundo». 

Jesús lloró también

Jesús pidió a Marta que llamara a María. Al saber que el Maestro la llamaba, María se levantó al instante y fue hasta Él. Al llegar, se echó a los pies de Jesús y, entre lágrimas, le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, no se habría muerto mi hermano». A Jesús le dio un vuelco el corazón al ver llorar a María. Preguntó entonces dónde estaba enterrado Lázaro. Y, mientras iba de camino, Jesús lloró también. 

Delante del sepulcro, el corazón de Jesús se volvió a estremecer. «Quitad la piedra», ordenó. Marta le advirtió: «Señor, hace cuatro días que murió: ya huele mal». «¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios?». Quitaron la piedra y Jesús, viendo al cielo, oró: «Padre, gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre lo haces, pero lo digo por quienes me rodean, para que crean que Tú me enviaste». Dicho esto, exclamó: «¡Lázaro, sal!». Su amigo salió vivo, envuelto aún con la mortaja. Y muchos de los que estaban allí creyeron en Jesús.  

Texto del evangelio

Juan 11, 1-45 (leer).

¿Lees la palabra de dios? busca en tu biblia

Ezequiel 37, 12-14 (leer).

Salmo 130 (129), 1-8 (leer).

Romanos 8, 9-11 (leer).

1 Tesalonicenses 4, 13-14 (leer).

1 Pedro 1, 3-9 (leer).

Apocalipsis 21, 4-5 (leer).

Preguntas para meditar y orar
  1. ¿Creo que Jesucristo es mi Vida y Resurrección? ¿Vivo la vida de Jesús?
  2. ¿Consuelo al que está triste? ¿Soy compasivo y manso?
  3. ¿Me abandono en las manos del Padre o pretendo controlarlo todo?

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